En vez de llenarme de ira, como suele ocurrir, esta
vez he seguido las noticias del Gobernador de La Guajira con extraños
sentimientos de tristeza, desazón, impotencia. Como cuando nos hieren el
orgullo y tenemos que tragarnos las palabras porque, en el fondo de nuestro
ser, somos conscientes de la situación. Sabemos que las circunstancias guardan
algo de sensacionalismo y de realidad, es innegable, pero aún así, estamos
cansados.
De la Gobernación de La Guajira, desde que tengo uso
de razón, escucho escándalos por doquier, entre otras cosas porque para mí fue
ese lugar donde terminaban mis escapes enigmáticos y mis tardes de arrastrada
en la playa. De niña, en medio de travesuras, después de volármele a mi abuela
y revolcarme en la orilla de la playa, jugando a guardianes de la bahía o
simplemente contemplando el atardecer, terminaba subiendo y bajando escaleras,
buscando a mi papá para pedirle dinero.
Recuerdo las peleas interminables con él porque, si un
día me antojaba de un par de patines, al día siguiente, como si nada, me
antojaba de cualquier otra barbaridad y le pasaba la lista de caprichos
acumulados. Además, mantenía metida en cuanto curso que implicara gastos
desmedidos (pintura: óleos, lienzos, pinceles; música: flauta, guitarra;
manualidades: papeles, cartulinas, papeles…). De ahí, cada que exigía algo,
tenía que someterme al sermón del día: “Cuando Chichi Pérez pague”, entonces
comprendí el drama de siete y hasta nueve meses sin pagar en la Gobernación.
Recuerdo también mis peleas monumentales cada que se
iba la luz: “Señores Electricaribe: ¿cuál es la excusa de hoy?, ¿por qué se fue
la luz?”. A mi mamá le tocaba quitarme el teléfono porque terminaba agarrada
con algún empleado, los cuales me decían, sin asomo de vergüenza:
“racionamiento”, lo que me transformaba en una loca energúmena.
Cuando la quitaban de noche me sometía a los ronquidos
de mi papá, pues, muerta del miedo huía al cuarto de ellos, como si la ausencia
de luz aumentara las probabilidades de fantasmas, espíritus, violadores,
cualquier cosa de esas.
Por si fuera poco, recuerdo el desfile de
carro-tanques cada que “un daño” nos dejaba sin agua por semanas. Entonces
comprendíamos el significado de la bendita palabra de Electricaribe:
“racionar”. Además, como si no bastaran estas historias macondianas, cualquier
día terminábamos agarrados con el del colectivo o el taxi por la sencilla razón
de que, de la noche a la mañana, el precio del transporte público se duplicaba
porque “no está pasando gasolina”.
En fin, puedo quedarme la eternidad contando
anécdotas, esas que recrean la cruda realidad de una tierra que, por décadas,
ha esperado la atención del Gobierno Nacional, pues, los gobernantes locales
nos han fallado una y otra vez, con algunas excepciones, claro está. Basta con
echar un vistazo, no sólo a LA CA-PI-TAL, sino al resto del Departamento, para
darse cuenta el nivel de pobreza extrema que viven muchos de sus habitantes.
La Guajira, esa tierra de nadie y de todos, de
costumbres agrestes, sentimientos nobles, amistades sinceras, acordeonistas, de
grandes riquezas y malos gobernantes, esa donde por encima de la Constitución
Nacional y la Ley impera la retórica expresión de “estamos en Riohacha”; está
harta de los ultrajes y del abandono.
Los guajiros nos cansamos de los malos gobiernos y los
escándalos vergonzosos. Nos cansamos de ser un acceso extraño que le sale al
mapa de Colombia en el norte, estamos hartos de los malos servicios públicos,
del abandono estatal, del aislamiento, de los señalamientos, de ser uno de los departamentos
con los más bajos niveles educativos en el país, con altas tasas de corrupción,
impunidad, caos…
Estamos cansados de que los mismos guajiros, sus
gobernantes la más de las veces, no quieran a su tierra. Y lo peor de todo, es
que a estas alturas la situación ha cambiado muy poco. Seguimos de escándalo en
escándalo, el agua todavía sea va, la luz aún la quitan, la gasolina todavía
escasea y el “estamos en Riohacha” sigue siendo la Ley.
Escribió: María Jimena Padilla Berrío
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1 COMENTARIO

  1. Excelente comentario. Una pequeña radiografía de como esta, y como ha estado la Guajira y lo peor es que vienen nuevas generaciones como las de esta chica, y la encontraran igual…

    yaina

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