El
segundo entierro representa para los wayuu el ritual de mayor importancia
frente a los duelos, porque es el momento en que el alma parte de Jepira al infinito,
donde Ma’leiwa decidirá si regresará a la tierra como animal o planta.
Treinta
años después, se volvieron a reunir los 19 hijos, unos cuantos nietos y muchos
tataranietos de Carlos Rafael Rojas Atencio, quien falleció el 13 de agosto de
1983 a causa de una enfermedad.

Nuevamente
se congregó la familia para darle el segundo entierro a un patriarca, asistieron
todos sus hijos, que engendró con siete mujeres, ellas descendiente de la etnia
wayuu.
Procedieron
desde Machiques y Maracaibo en Venezuela;
como también de Manaure, Maicao y pobladores de los corregimientos de Monguí y
Cerrillo, ubicado en la zona sur de Riohacha.
Sacaron
sus restos que se encontraban en el cementerio de Monguí y lo llevaron al de
Cerrillo, para que estuviera al lado de sus hermanos: José Agustín y Moisés
Rojas Atencio.
La
familia y muchos amigos llegaron con la misión de rendirle un último homenaje
al patriarca Carlos Rafael. Fue un acto ritual denominado por ellos como
Aywlush Jimpa, que consiste en extraer los restos del difunto, limpiarlos y
disponerlos en un arca fúnebre, para luego honrarlos y sepultarlos nuevamente.
Llamó
la atención la fortaleza de este ilustre guajiro, cuyos huesos, luego de
treinta años, aun se resisten a dejarse convertir en polvo; y cuyo recuerdo
permanece intacto entre sus amigos y familiares.
Mas
que doloso, el evento fue una exaltación a la integración familiar; pues la
casa se convirtió en una amalgama racial y lingüística en las que, a pesar de
que el wayuunaiky y el español se hablaban con diversos acentos y las pieles
eran de distintos colores, se notaba la unidad y se veían en los rostros las
marcas distintivas que no dejaban dudas de que se trataba de familiares
cercanos… algunos se reencontraban, otros apenas se conocían y muchos otros
solo daban continuidad al contacto permanente. 
Al
final de la tarde la emotividad afloró ante la nueva despedida al ser querido.
El arca fúnebre fue llevada por los hombres de la familia a su lugar de
descanso permanente y las lágrimas surgieron como regalo de despedida a don
Carlos Rojas Atencio, un hombre magnánimo cuyo espíritu seguirá procurando
bendiciones para todos sus familiares a través de los siglos.
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