Me hubiese gustado ser amigo de Diomedes Díaz, como
los soy de mis amigos de gallada y también que su sepelio se hubiera realizado
en San Juan del Cesar o en su natal Carrizal, con el mismo ritual con el que
sepultamos a Juancho Roís, pero nuestro pueblo sanjuanero tuvo que conformarse
con ver el llanto de una fanaticada fiel, que creció y se levantó con su
música, pero que muy pocos tuvieron acceso a su círculo cercano de amigos, esos
mismos, que por los excesos del fanatismo y el temor reverencial hacia el
artista, lo condujeron quizás sin proponérselo, a ese lecho de enfermo y al
abismo tan cercano a la fama, y por eso, nos tocó verlo enterrar en el valle,
con lágrimas en los ojos, desconsolados, impotentes, porque ese paisano
irrepetible se llevaba parte de nuestras vidas.
Vi muchas veces en mi vida de adolescente, aquél
muchacho llamado Diomedes, espigado y desdentado, con facciones de indígena,
lentes y cabellos oscuros y una mochila terciada, saliendo alegre y entusiasta
de la modesta vivienda de Candelario Fuentes y la Conene, mi hermana, en una
F-100 soplada por Luis Alfredo Sierra, al calor de unos licores y una
trasnochada parrandera, tan usual en los patios sanjuaneros, en los inicios del
vallenato con cantante y acordeonero.
Después volví a ver al mismo Diomedes, dando sus
primeros pininos como cantante con un acordeonero improvisado, en una semana
cultural del Colegio Ciro Pupo de la Paz, cuando yo cursaba allí el tercero de
bachillerato, junto con Alvarito López en el año 1977. Luego, cuando ingreso al
Colegio Nacional Loperena de Valledupar, encuentro la sana rivalidad entre
Rafael Orozco y Diomedes Díaz, disputándose la fanaticada y los concursos
estudiantiles de cantante vallenato, hasta que se catapultaron ambos
conquistando la fama, pero luego se fueron a la eternidad a cantarle alabanzas
sublimes al Dios de los cielos.
Así registra mi memoria, muchos episodios de la vida y
obra musical, de este cantor campesino parido de la más excelsa pureza del
campo, de ese mismo, que logró cambiar a pulso el curso de su destino y no se
conformó con ser el espantapájaros de los cultivos de maíz y sorgo de la región
de la Junta, la Peña y Badillo, ni sufrió de complejos porque había nacido en
un pesebre entre animales, en la finca de Carrizal, sino que más bien decidió
seguir la estrella que vio el día en que nació, le puso alas de soñador a su
corazón, y se embarcó en una nave para surcar el firmamento de la fama y el
éxito, hasta llegar a conquistar la memoria popular y meterse adentro, pero
bien adentro, de la cultura y el folclor colombiano, por lo extenso y
controvertido de su obra musical y las irreverencias y displicencias de su vida
personal.
Pero la vida de Diomedes Díaz también tuvo como es
natural su historia en blanco y negro, ya que la vida no siempre le sonrió ni
todo para él, fue color de rosas, mas bien, es un fiel testimonio, de que para
vivir bien, primero hay que vivir mal, hasta ganarle a la vida la partida,
porque no fue un hombre de humilde conformidad. Pero en una vida llena de
matices y contrastes, siempre se recuerda más al artista que a la persona, y es
por eso, que los columnistas de los diarios de mayor circulación nacional, no
han invertido mucho tiempo ni recurso en realizar una investigación científica
profunda, sobre la vida personal y la obra musical de Diomedes Díaz, sino que
algunos de ellos se han ido lanza en ristre contra nuestro más caro orgullo
guajiro.

Esos medios de comunicación han dibujado a ligeros
pincelazos sólo sus excentricidades, sus momentos de infortunio, los excesos de
la fama y el éxito, y poniendo a escoger al lector entre la persona y el
artista, apartándose de la imagen del hombre que le rindió culto a la amistad y
a la familia, del hombre generoso, solidario, cariñoso y bonachón, para no
detenerme en sus comprobadas cualidades musicales y artísticas, bien
reconocidas, y que no son materia de discusión, las cuales dejan bien claro,
que Diomedes fue un ejemplo de superación, un hombre a quien su muerte lo puso
a vivir hasta la inmortalidad; y que nos deja uno de los más grandes legados
culturales que colombiano alguno le haya aportado al país y a las próximas
generaciones, por eso es menester desde La Guajira, solicitar respeto por la
memoria y la obra, de uno de los sanjuaneros más destacados y brillantes, que
haya parido la costa Caribe colombiana.
Escribió Rafael Humberto Frías Mendoza
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