Es un hecho: las personas desean tener más equipos,
elementos y bienes con los cuales satisfacer sus necesidades. La ambición es
insaciable: tener y tener; más y cada vez más. 
Y no es sólo un deseo o un
capricho sino un derecho ligado  la
subsistencia del ser humano. Cada persona debe tener garantizado un mínimo
vital para su subsistencia. 
En eso todos estamos de acuerdo a tal punto que se
han creado leyes y normas destinadas a garantizar que todos, en igualdad de
condiciones, podamos disfrutar de lo mínimo para tener una existencia digna.
Pero los seres humanos somos como somos y llega un punto
en el que ya no encontramos satisfacción con lo que tenemos y queremos más. Es
ahí donde comienzan buena parte de los problemas con los que el mundo lidia en
nuestros tiempos: imperios que no se conforman con sus territorios y
desean  extenderlo,  aunque el precio sea la guerra dolorosa y
triste contra sus vecinos; capitalistas cuyas empresas han crecido y le generan
enormes ingresos  y siguen su proceso de
ensanchamiento en algunos casos a costa del deterioro ambiental, de la evasión
de impuestos y del pago de bajos salarios; 
personas que ya tienen suficiente para vivir bien el resto de sus vidas
pero se dejan seducir por negocios ilícitos para incrementar sus ganancias.
Tener es un verbo que se conjuga con más frecuencia de la
que sería deseable pero…cuando se habla de tener viene a la mente la idea de
las posesiones materiales y de omite la otra forma de tener y es la relacionada
con toda la riqueza que poseemos y que no puede traducirse (por lo menos no tan
fácilmente) en billetes y monedas. 
Yo le doy gracias a Dios por que pude asistir a  escuela y hoy “tengo” la sabiduría que allá
recibí, en especial la de leer y escribir. Es una posesión con la que no puedo ir
a hacer compras en el supermercado ni consignar en mi cuenta bancaria pero es
de lo más preciado que jamás he podido tener.
Usted, que ha seguido hasta acá estas líneas seguramente
tiene sus dos ojos en buenas condiciones y también aprendió a leer y escribir.
Seguramente en lo que va del día ha tenido la oportunidad de sonreír y de ver
sonreír a sus seres queridos y ha percibido la dulce voz de los seres a los que
más quiere, lo cual significa que tiene capacidad para oír y, tal vez de
escuchar.
Podríamos hacer una larga lista de valiosas posesiones
cuyo  valor es imposible traducir en
dinero o en otros medios de cuantificación financiera.  No 
siempre se puede hacer la conversión a oro, plata, dólares o euros. Pero
lo que tenemos vale y vale mucho, tanto que no aceptaríamos ponerle precio a lo
que es más importante: la salud, la cercanía de los seres queridos, la
libertad, el tener una patria y una nacionalidad y el saber que ocupamos un
espacio que nosotros y solo nosotros podemos ocupar en nuestro tiempo y en
nuestro contexto.
La próxima vez que por el cielo de nuestra alegría pase
una entristecedora nube que nos recuerde alguna carencia, miremos al cielo
esplendoroso y azul y felicitémonos, porque allá arriba hay un pedazo de cielo
que es nuestro, no tiene precio, y nadie nos podrá quitar.

Escribió: Alejandro Rutto Martínez 
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