Ha muerto uno de los más caros orgullos de La Guajira
y del vallenato; porque cuando se anunció inesperadamente, la muerte del
“cacique de la Junta”, Diomedes Díaz Maestre, Colombia, la costa Caribe, La
Guajira y Valledupar, sintieron al tiempo que se llevaban un pedazo de sus
vidas y también un pedazo de sus muertes, ya que en su voz melodiosa y en su
talento excepcional para componer versos y canciones.
Murió uno de esos seres irrepetibles, de esos mortales
que no nacen todos los días y que cuando nacen vienen al mundo para marcar la
memoria popular por siempre, y hasta la eternidad, haciéndonos la vida más
grata y convirtiéndonos la alegría en una canasta de ensueños, fundamentado en
la lírica inspiración que brota del alma de un cantor campesino, quien paseó a
sus seguidores por el más profundo éxtasis del sentimiento puro, hecho canción,
y confabulado, en el aposento del amor real e irreal, de lo irreverente y lo
displicente, de lo superficial y lo profundo, lo sencillo y lo complejo, pero
encarnando siempre el querer y el sentir de su fanaticada, a quien le canto y
complació con una sencillez y un sentir especial, y  quienes se sintieron representados con su
canto vallenato tan sentimental y con tanto apego a la raigambre popular,
provinciana y costeña.
Fue en las sabanas de la Junta y en su vecindario con
la Malena patillalera, entre las pencas de fique, en las lomas y sabanas,
saboreando los alfandoques y la panelas atanqueras, amenizando las parrandas
con Martín Maestre, Piyayo, Kate Martínez y Luis Alfredo Sierra, donde decidió
ponerle alas a su corazón para surcar el firmamento de la fama y el éxito, y
así construyó su propia estatura como cantautor vallenato, aquel muchacho
escuálido y osado, quien con una mochila arhuaca se paseaba por las parrandas
de la provincia, mirando siempre la señal del patrono de los sanjuaneros, “San
Juan Bautista”, quien con su índice levantado, le marcó la estrella de David,
su estrella hacia el triunfo, la que siempre lo condujo por los caminos de los
grandes mortales, para que escribiera en letras doradas su nombre, hasta que un
día en Valledupar le abrieron las puertas, y allí se quedó metido para siempre,
hasta convertirse en uno de los más grandes iconos de la cultura y del folclor
Caribe y Colombiano hasta el día de su muerte.
Los designios de Dios son de Dios, todos tenemos un
almanaque abierto que marca un día para nacer y otro para morir, pero vidas y
almas como las de Diomedes Díaz, permanecerán por siempre y para siempre en
nuestros corazones, porque su canto y sus canciones lo harán inmortal, y serán
muchos los aconteceres que alimentarán nuestras almas enamoradas de la vida,
evocando un recuerdo de sus canciones, porque alguna vez tuvimos una conquista,
un revés o un desamor, en una velada inolvidable al compás de una de sus más
memorables tonadas, en una de sus presentaciones magistrales. 
Ha muerto una leyenda de la música y el folclor
nacional, un ícono del vallenato, el cacique más querido de la tribu de la
Junta, se silenció su voz y su canto, dejó de latir su corazón enfermo e
intervenido, pero su legado, sus banderas y su obra musical se escucharán hasta
la eternidad de la epopeya y la lirica vallenata.
Se nos va toda una vida artística llena de éxitos,
aplausos, reconocimientos, congos de oro, grammys latino, y el record de ventas
multimillonarias de trabajos discográficos que posicionaron a la música
vallenata como una de las más respetables culturas del folclor colombiano y que
le abrió los espacios a las nuevas generaciones y a las nuevas tendencias del
folclor de Francisco El Hombre y el Cacique Upar.
Quien lo creyera, que en los tiempos de la cometa y en
la víspera del mensaje de navidad, iba a llorar hasta el cielo, porque
recibiría en su altar el canto celestial, del más grande cantautor del vallenato,
quien a su entrada lo recibió una corte celestial, con el acordeón de su eterno
compañero Juancho Roís, el abrazo adorado de su tío del alma Martín Maestre, el
canto a dúo de Rafael Orozco y Adaníes Díaz, y las canciones inmortales de
Juancho Polo Valencia, Hernando Marín, Máximo móvil, Octavio Daza y Freddy
Molina, dejando triste y desconsolada en la tierra a la Virgen del Carmen, a la
Juntera, a la reina, a la provincianita, a la doctora, a las tres canciones y
su serenata, y a toda una fanaticada que llora sin consuelo, la partida de su
ídolo inmortal.
Escribió Rafael Humberto Frías Mendoza.
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