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Hoy es un día hermoso para dar gracias a Dios por la
forma en que se inspiró para crea uno de los lugares más hermosos del planeta y
mañana también…y todos los días. Porque la obra de Dios ha sido tan grande y
bella que no habrá forma de expresarle nuestra inmensa gratitud por el obsequio
incomparable de ríos, mares, paisajes y gentes.
Yo me imagino la febril actividad y el movimiento
incesante que hubo en el taller de Dios el día que todos los obreros allí
presentes se dedicaron de lleno a crear la más hermosa península de Sudamérica:
en el centro Dios omnisciente entregaba los planos terminados del inimaginable
lugar que había concebido en sus arduas sesiones de exquisita tarea artística.
Y sus ángeles lo tomaron en sus manos inmaculadas y de inmediato se pusieron a
hacer cuidadosamente la labor encomendada. 
Consiguieron pinceles, acuarelas de
luminosos colores para dibujar atardeceres y un lienzo enorme para plasmar
muchos kilómetros de mar, y finos corpúsculos de arena para bosquejar el dorado
tapiz del enorme semi desierto en el que convivirían hermanados y por
centenares de años buenos las burbujas multi cromáticas de la vida y la quietud
conmovedora de lo absoluto.
Algunos ángeles querían trabajar más de prisa porque
tenían mucho trabajo acumulado, pero los más juiciosos les llamaron la atención
y les explicaron que lo demás podía esperar. Tenían la orden de perfilar una
obra maestra y la prisa no era una buena consejera. Por esta razón ordenaron
rehacer las curvas lisas de las costas y trazar en cambio algunos salientes y
entrantes que decoraran el cuadro final. De esta manera fueron apareciendo
Punta Gallinas, Punta Espada, Bahía Portete y, por supuesto, el mítico Cabo de
La vela.
Cuando el trabajo iba muy avanzado una cuadrilla de
ángeles expertos en alturas comenzaron a levantar una montaña  gigantesca y al lado otra y otra más y
eligieron los dos picos más altos para colorearlos de blanco eterno.   Un ángel entrado en años, experto en el
color azul trazó varias líneas de ese color y estrellas una más larga y gruesa
a la que después se llamaría Río Ranchería.
Unos laboriosos ángeles expertos  variedad paisajística decidieron que no todo
podía ser igual y por eso se dieron a la tarea de crear tres guajiras en lugar
de una: por allá estaría la más seca y desértica; en el centro una región menos
seca más poblada y más al sur una bien fértil y tapizada de verdes praderas.
Alguien más se puso en la tarea de dibujar unos puntos
grandes que representaban a las ciudades y unos puntos más pequeños que representarían
a los pueblos. El lápiz fue usado de manera prolongada porque los pueblos
fueron muchos. Fue necesario traer otro y otro más. Y luego dibujaron unos
puntos más pequeñitos  a los que llamaron
rancherías y fueron muchos, muchos de manera que no había país en donde hubiera
más puntitos que en la hermosa Guajira.

Dios no permitió que los ángeles crearan a las personas.
Fue una tarea que se reservó para sí mismo pues quería crear seres humanos con
un corazón tan grande como la misericordia que Él mismo tiene: haría niños
inocentes y amorosos, dedicados a disfrutar su infancia y a soñar con su
porvenir y también crearía mujeres en cuyos ojos estaría siempre la veta del
inconmensurable amor por los suyos.
De esa manera Dios hizo la mejor de sus obras y quiso
regalarla a quien la mereciera pero después de mucho pensar, decidió reservarla
para sí y por eso la guajira es maravillosa, inmensa, ilimitada y es propiedad
reservada, por el dueño de la vida. Propiedad del dueño de la vida…territorio
de Dios.
Escribió: Alejandro Rutto Martínez
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