Tanto es su fama de hombre rico, bien parecido y ojos azules, que en muchos casos las mujeres no esperaban que las pidiera para darle el sí.
Entre las décadas del setenta al ochenta, un hombre de piel clara, bien parecido y con los ojos azules se paseaba a lomo de caballo y mula entre el inhóspito paisaje de tunas y cardones en la Alta Guajira.
Su alegría, sencillez y humildad, combinaban muy bien con su trato respetuoso, jocoso y enamorador; además de ser un hombre pudiente, lo que le permitió que las mujeres con solo verlo, y sin mayores esfuerzos, se comprometieran con él, al igual que hacer buenas amistades que lo llevaron a ocupar una curul en el Concejo de Manaure.
Heredó su fortuna de unos tíos que fallecieron; siendo fortalecida cuando trabajó con la Policía y Ejército, lo que le ayudó a minimizar los hechos delictivos que se presentaban en la vía Riohacha-Maicao.
“Era irresistible para las mujeres y ninguna se resistió a decirme que no. En muchas ocasiones se quedaron esperándome, anuncié  llegar y nunca fui por las múltiples ocupaciones”, recuerda Jorge Flórez Amaya, más conocido como ‘El Mono’ Florez, que en sus andanzas de enamorador no encontró mujer difícil, “Ellas me perseguían y muchas veces hasta la misma familia se ponía de acuerdo conmigo y no me rechazaban”.
En la cultura Wayuu el hombre debe dejar un detalle a la familia porque se lleva una flor del precioso jardín. El dote es para reconocerle a la familia la crianza y los buenos principios de la joven que va a conformar un hogar.
Aquí aparece ‘El Mono’ con cinco mujeres de las ocho con que hoy vive: Eugenia Ipuana, Alicia Urariyu Pushaina, María Estenis Palmar González, Daisy Leonor Camargo Cotes y Juana Bautista Amaya.
Las mujeres sabían quién era ‘El Mono’ Flórez
Era tan reconocido que las mujeres que pretendía ya sabían cómo era, cómo las trataba y eso permitía que lo galantearan “Muchas se enamoraron por los ojos azules y soñaban con que sus hijos salieran simpáticos”.

Recuerda Jorge Flórez Amaya, que un día llegó a una ranchería porque había una mujer muy bonita y la pretendía. Cuando la conquistó el tío de la joven le dijo que entre el dote era imprescindible que entregara la mula en la que vino por primera vez “porque esa mula cagó aquí”.

Aquí ‘El Mono’ está rodeado con algunos de los 58 hijos.
En ese andar se organizó con 12 mujeres: María Teresa Epieyu, fallecida; Juana Bautista Amaya, Cenovia Epieyu, fallecida; Vangela Meza Uriana, Paulina Uriana, Eugenia Ipuana, Acinda Ipuana, Alicia Urariyu Pushaina, Teresa Epieyu, Lastenia Meza Ipuana, Daisy Leonor Camargo Cotes y María Estenis Palmar González. Con este ramillete de mujeres tiene 58 hijos, 144 nietos y 30 biznietos.
La mayoría de los hijos se parecen a él y se compara a un padrote que tiene en una de sus rancherías, porque le salen los borregos igualitos con la cabeza negra y lo demás, es blanco.
La última hija se llama Aleida y tiene 15 años, pero ella cree que no va ser la última, porque su padre dice que quiere completar los 60 hijos y ya tiene una pretendiente.
A cada mujer la ubicaba cerca a su familia. Le construía su vivienda, un pozo profundo para captación de agua o un jagüey, el corral, y los animales que deseaba criar: chivos, ovejas, vacas, gallinas, pavos y patos. De ahí ella debía sacar el sustento de su hogar.
Todas las semanas hacía el mismo recorrido. Al principio lo hacía en mula o caballo y con la llegada de la cultura occidental, terminó llegando en vehículo. Salía de la última ranchería hasta llegar a la primera. Por lo regular eran uno o dos días en cada estación. “Ellas sabían el día que les tocaba y algunas ya estaban esperándome, dispuestas a atenderme”.
María Estenis Palmar González
Hoy, cuando se presenta una actividad especial, social o un velorio; las recoge en un vehículo campero, sube a los hijos en la parte delantera y a ellas las ubica en la parte de atrás. Y si sospecha que existe un malestar entre ellas, le da duro al automotor y frena de golpe para que se integren y el malestar pase.

En esas reuniones, alguna toma el liderazgo, cada una se encarga de hacer algo diferente y entre todas hacen la comida; bien sea una sopa o un asado, “la clave ha sido tratarlas a todas por igual, sin preferencias; porque todas son mis mujeres”.En la ley Wayuu el hombre puede tener varias mujeres; en cambio, la mujer solo puede tener su marido, de lo contrario tiene problemas porque su familia tiene que devolver el dote y pierde credibilidad ante la sociedad indígena. Ellas pueden ser hermanas, primas, amigas o vecinas.

Cuenta María Estenis Palmar González, que tenía 13 años cuando el hombre se le presentó y de inmediato le dijo que no; porque era mujeriego. “Pero de la noche a la mañana lo acepté, eso fue como una magia”.
Por su parte, Daisy Leonor Camargo Cotes, dijo que desde muy joven pensó en la civilización; siempre soñó vivir con un arijuna, (no Wayuu) vivir mejor, que la entendieran mejor, y no optar por un wayuu.
Se enamoró del hombre equivocado, tuvo tres hijos y fracasó,  “en mi soledad apareció ‘El Mono’ en mi vida, nos gustamos, nos organizamos y me ha ido mejor que con el arijuna; me atendió, me valoró y me ayudó a criar a los hijos y tuvimos cinco varones”.
Daisy Leonor Camargo Cotes

En la actualidad ‘El Mono’ Flórez tiene 78 años, pero todavía dice tener un corazón para seguir repartiendo amor,  sin embargo; hoy en día comparte su vida con el amor que le brindan las ocho mujeres.Escribió Clímaco Rojas Atencio

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