Tenía 13 años cuando por primera vez visité Uribia. Mis vagos recuerdos de esa experiencia solo se limitan a la imagen de las calles dirigidas todas hacia la plaza central. Diseño europeo que contrastaba con la basura y el polvorín que no se percibe en el viejo continente. Posteriormente fui muchas veces a este pueblo y los cambios no fueron significativos. Excepto por algunas mejoras en la realización del gran festival de la cultura Wayuu.

Por eso, cuando ese primer domingo de 2015, vi el imponente terminal de transportes a la entrada del municipio, sentí una sensación de alegría. Y no porque sea amante del concreto, dado que es la principal fuente de la corrupción, sino porque el orden que requería el pueblo para con el transporte al menos veía la luz. Aun cuando la entrada a Uribia está muy bien pintada, el tenebroso y macabro cruce de la línea férrea está bien señalizado y el mega colegio como fondo bien bonito, lo que más me llamó la atención fue el drástico cambio que las autoridades le hicieron a la plaza principal.

Eran las cuatro de la tarde y la cara de satisfacción de los pequeños paisanitos jugando en un parque lleno de atracciones, moderno, dinámico y con unos toques artísticos bien interesantes, me brindaron esperanza en la tierra de la no esperanza. Sentí mucha alegría y orgullo con las personas foráneas que me acompañaban. Por fin les mostraba algo en medio de la nada.

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Por fin pude sacar pecho. Ese que me toca esconder cuando recorro mi tierra con aquellos que me hablan de corrupción y despilfarro de dinero. Pero en esta ocasión fui yo el que les dije, que a pesar de estar en un municipio difícil y hostil, donde han muerto más de los que dicen, pero en donde también es más difícil invertir que en otras partes, por su fisionomía, hay cosas para mostrar como la nueva cara de Uribia.

No debiera alegrarme cuando los mandatarios hacen lo que deben, pero en La Guajira, ver este tipo de cambios en tan corto tiempo es motivo de admiración. La Guajira está plagada de corrupción, y me duele que así sea, pero en Uribia se respira esperanza y porque no, también podemos soñar en que respire honestidad.

El “pueblo de los indios”, como muchos de manera despectiva se han referido a él. Hoy es motivo de orgullo y nuestros paisanos hoy sacan pecho por su municipio, en una región donde no muchos pueden hacerlo. Habría que decir que hace falta mucho para que Uribia se convierta en pueblo digno en términos urbanos, pero al menos en este pueblo se puede ver alguna luz al final del túnel. Quiera Dios, las administraciones futuras no apaguen esa luz y no desvíen el camino.

Escribió: Stivinson Rojas Atencio

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