El teatro que alguna vez fue el deleite audiovisual de los riohacheros hoy se encuentra en total estado de abandono.  Sillas de hierro oxidadas, maleza, basuras acumuladas, malos olores y una estructura deteriorada  es el panorama que presenta el Teatro Aurora. Este emblemático sitio se encuentra ubicado en la calle 4 con carrera 9, en la esquina suroriental del parque Padilla.
Las personas que alguna vez vivieron aquellas presentaciones cinematográficas hoy se reúnen en los alrededores del teatro para rememorar aquellos momentos que marcaron sus épocas infantiles y juveniles. Mientras la Calle Primera o Avenida La Marina se engalana para recibir turistas, el teatro Aurora espera su renovación con anhelo intenso.
Sepultadas en las viejas sillas de hierro, en los espacios y en la pantalla gigante se encuentran las memorias de las películas que fueron íconos de los cines mexicanos, argentinos, norteamericanos, entre otros reconocidos. Miles de risa se escucharon a todo volumen con las ocurrencias y los razonamientos del actor mexicano ‘Cantinflas’ y qué decir de los balazos y los trotes de caballos en las películas de vaqueros; sin olvidar aquellas aventuras románticas que mostraba el séptimo arte, las cuales deleitaban a los enamorados quienes se besaban efusivamente junto con el frenesí de las escenas.
Los inicios del teatro
El 2 de febrero de 1940 y después de dos años de construcción, el empresario e inmigrante turco, Nicolás Abuchaibe hizo posible el sueño de aquellos riohacheros que disfrutaban del cine a la intemperie y bajo adversas condiciones. Abuchaibe construiría este teatro y le pondría el nombre de su hija mayor, Aurora. Con su propia planta eléctrica le brindaba la energía que necesitaba el lugar. Los Riohacheros cambiaron no solo de lugar, sino también de la calidad y la actualidad de los filmes, entre ellos Fu-man-chú, el Avispón Verde y el Capitán Maravilla.
Hacia finales de la década de los 40, los actores del Séptimo Arte preferidos por los riohacheros eran Carlos Gardel, Libertad Lamarque, Charles Chaplin, Buck Jones, Rodolfo Valentinio y Cantinflas.
El Aurora no solo fue un centro de presentaciones cinemátográficas. También fue considerado como el centro de convenciones de la ciudad utilizado para toda clase de espectáculos y convocatorias: presentaciones de magos, payasos, títeres, pantomimas y otros valores escénicos; reuniones sindicales, políticas, junto con ceremonias de graduación, reuniones sociales y conferencias de todo tipo.
Cambios significativos con Alfredo Ortega
En 1949, el teatro se vendió a José María Romero, quien estableció como administrador al Samario Alfredo Ortega. Al ver las condiciones del establecimiento, Ortega decidió renovar distintas partes del teatro.
EL hijo de Alfredo Ortega, quien también lleva el mismo nombre, hoy confiesa que le produce nostalgia acercarse al teatro, al pasar por la calle cuarta con carrera 9 mira la casa en la que vivió por 40 años y en la que quedó guardada gran parte de su infancia y juventud.
Alfredo es un anciano apasionado por el fútbol, calvo y con un tono de voz grave que demuestra su seriedad cuando habla. “Mi papá llega aquí a Riohacha porque el teatro Aurora no andaba en la mejor de sus etapas, él era pensionado de Cinecolombia y trató de innovar en el cine, pasó de ese cine de vaqueros y de indios a traer cine Europeo, cine argentino, cine español, entre otros”.
Ortega recuerda con lucidez los pormenores de aquella época donde el Aurora significaba gran parte del entretenimiento de la ciudad. Por su memoria pasa aquel analfabetismo marcado en los riohacheros, motivo por el cual se priorizaba el cine en español, sin subtítulos que leer.
Alfredo Ortega padre era un apasionado deportista que figuró como portero del Unión Magdalena, además se dedicó a practicar otras disciplinas deportivas entre ellas el atletismo y la natación. Empezó como mensajero de Cinecolombia en Santa Marta, sus esfuerzos lo llevaron hasta la gerencia, donde aprendió hasta lo más mínimos detalles de la producción cinematográfica.
Edita Rosa Rojas Atencio

“Se quería crear en ese entonces una cultura cineasta, mi papá trajo la jornada vespertina que era para los niños y la nocturna era para los adultos. La idea era que a diario todos pudieran disfrutar del cine con distintos géneros”.

En medio del goce por la presentación de una pieza cinematográfica, la gente veía de repente como la película que les producía risas, llantos y hasta sustos se cortaba de repente, hecho que producía una avalancha de insultos contra Alfredo Ortega padre, quien desde el año 1954 cuando llegó hasta finales de los años ochenta, tuvo que soportar todo tipo de ofensas por la pésima calidad de algunas películas.
“Eso era algo normal, las películas a veces se podían reventar porque las películas venían de todo el país, cuando las proyectaban pasaba por un equipo en malas condiciones y la reventaba, de inmediato se pegaba y seguía funcionando.  Las películas taquilleras de tanto uso terminaban averiadas, sin embargo eran cuestiones ocasionales”.
Proyecto para devolverle la vida
En medio de todos los inconvenientes, los espectadores se mantuvieron fieles, películas como King Kong y El Exorcista reventaron sin compasión la taquilla.
Además del cine, eventos de Carnaval y todo tipo de celebraciones tenían cabida en el Teatro Aurora. La ‘Comae Pipi’ y sus pilanderas hicieron vibrar por años este sitio cultural. Lastimosamente fue crucificado por las epidemias del cine y la televisión, la gente empezó a comprar Betamax y a disfrutar de las películas en la comodidad de su casa.
La construcción de nuevos centros de eventos como el AnasMai también hizo que el Aurora se detuviera sus actividad social.

La secretaria departamental de Cultura, Edita Rosa Rojas Atencio, asegura que la restauración de esta obra cultural costaría aproximadamente 900 millones, dinero sustentado en estudios preliminares. Una vez restaurado, la deteriorada edificación se convertiría en un teatro de la categoría de sus similiares Amira de La Rosa o el Consuegra Higgins, ambos en Barranquilla.

Escribió Nelson Rodelo C
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