Jhon Jairo Ariza

Montado en su fiel bici-carro naranja, acompañado de su olla rebosada de Peto caliente, y con más actitud que cualquiera, sale todos los días desde las dos de la tarde Jhon Jairo Ariza, un humilde camaronero de 35 años, catalogado como el mejor vendedor de Peto en Riohacha.

Desde hace 4 años Jhon Jairo ha dedicado su vida a la venta del Peto, una bebida caliente tradicional de la Región Caribe, preparada a base de maíz blanco trillado y muy bien cocido, al que se le agrega leche, azúcar y un toque de canela. Se sirve en vasos plásticos y su precio oscila entre los $500 y los $2000, o en algunos casos lo que el cliente pida.

Lugar que utiliza para la realización de la rica bebida
Lugar que utiliza para la realización de la rica bebida

Desde que se asoma la luz del día, empieza la jornada para Jhon y su esposa, Visteida Mercado, su fiel ayudante y compañera de vida, con la que lleva 16 años. Mientras ella lava el maíz, enjuaga las grandes y plateadas ollas y prepara los ingredientes, su esposo alista los palos para armar el fogón donde prepararán el delicioso Peto que les da para vivir. Eso sí, sin dejar de atender a sus 6 hijos, quienes tienen que ir a la escuela en la jornada de la mañana.

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Cuando llega el medio día, ya el maíz debería estar suave; son seis horas que dura en el fogón para que ablande totalmente. Visteida, uniformada con su gorro, bata y guantes, agrega a la olla clavitos de olor, leche, azúcar y demás ingredientes, al mismo tiempo que va haciendo el almuerzo. Su esposo menea la olla cada minuto, para que el maíz no se pegue en el fondo y el Peto quede mucho más cremoso. Aunque cada vez que levanta la tapa sale ese olor bastante fuerte que antoja a cualquiera. “No le niego la leche, ni el queso”, asegura Jhon entre risas, ya que para él, ese es el secreto y lo que le gusta a la gente, además de la picardía y la originalidad que él le impregna al momento de vender.

Comienza la faena de la venta de peto

Jhon vendiendo el peto por las calles de Riohacha
Jhon vendiendo el peto por las calles de Riohacha

Faltando un cuarto para las dos de la tarde, ya nuestro vendedor estrella está listo para su recorrido, su olla de Peto y su bici-carro también. Conocido por su peculiar forma de vender, Jhon sale desde su casa con la esperanza de regresar con la olla totalmente vacía. Imitando el sonido de una vaca a través de un megáfono, recorre la mayoría de las calles de Riohacha. Según Ariza, ya la gente lo reconoce por sus gritos pocos comunes, entre esos “¿Quién quiere Peto?”, “Puuuuuura leche”, “¡Oye y lo van a dejar pasar!”.

Su recorrido empieza desde el barrio Los Almendros y termina en el barrio Arriba. Los niños apenas lo ven acercarse comienzan a imitarlo y a pedirles a sus padres que le compren Peto; ponerse a llorar siempre les funciona.

Su trabajo como vendedor de Peto empezó debido a las necesidades económicas que presentaba hace 4 años. A pesar de desempeñarse en diferentes empleos como: vendedor de pollo, ayudante y comerciante en el mercado, auxiliar en almacenes de ropa, carretillero, descargador de carros, entre otros, no había encontrado una estabilidad laboral.

Un vecino que tenía una microempresa de Peto lo vinculó como vendedor. Cuenta Jhon que la tarifa diaria era de 20.000 mil pesos y lo que quedara era su ganancia. El primer día de trabajo salió a las dos de la tarde, hora en que el sol está más caliente que nunca, nervioso pero a la vez emocionado porque sabía que iba a conseguir para darle de comer a sus pequeños. Empezó su travesía, y a los 45 minutos ya había vendido toda la olla de Peto. Regresó emocionado donde sus patrones, quienes quedaron atónitos de ver la rapidez con la que su nuevo pupilo había vendido todo el producto. Su jefe en medio del asombro le preguntaba ¿Cómo lo hiciste?, argumentando que los demás trabajadores demoraban entre tres y cuatro  horas en regresar.

Durante dos meses continuó vendiéndoles a sus vecinos y entregando la respectiva tarifa. Luego vio que el negocio era rentable y decidió aumentar la cantidad de Peto que le entregaban para vender. Su esposa le cocinaba el maíz y le agregaba más leche, así salía con la olla llena, entregaba lo respectivo a sus jefes, y al mismo tiempo aumentaba sus ingresos.

Se capacitó para prestar un mejor servicio

Jhon realizó un curso de Manipulación de alimentos en el Sena, por lo que la higiene al momento de hacer el producto a vender, es importante, tanto para él, como para el cliente.

Hasta el momento Ariza tiene dos trabajadores, uno tiene la ruta de la comuna 6 y el otro tiene la comuna 9. Los puede identificar porque utilizan un bici-carro de color naranja que lleva el logo de “¿Quién quiere Peto?”.

La fama de Jhon como vendedor de este producto caribeño, es tanta, que hay personas que han llegado al punto de creer que él trabaja con brujería. “Una vez una señora me quitó el cucharon de las manos, y comenzó a menear la olla para ver que había en el fondo, porque según ella yo tenía una calavera ahí metida para vender todo rápido.  Yo solo trabajo con Dios, no necesito nada de eso. Todo es gracias a Él y a mi carisma para vender”, narró.

Pero de la misma forma, también hay otras personas que creen en su carisma y originalidad. Uno de sus clientes lo grabó cantando las canciones vallenatas que el descompone, para ponerle su toque como vendedor de peto, entre esas está “El Terrepeto” que dice: “Yo soy el que le vendo el peto, peto, peto. Tengo como 80 clientes, que me llaman y que me viven es comprando, y yo tranquilo los dejo que se acerquen porque soy de los que venden más barato. Y paso gritando casi todo el tiempo, si, para evitar que cocinen por las tardes. Y cuando llega el momento e’ venderles, yo recorro su barrio de arriba abajo”.

La canción original se llama el Terremoto y es de un famoso cantante vallenato. El video lo subieron a las redes sociales y a YouTube, en esta última lleva 79.045 reproducciones.

Hubo un tiempo en que se desordenó; tenía 10 vendedores con sus respectivas carretillas distribuidas por la ciudad; todos vendían y entregaban una tarifa. Con el dinero se iba a beber trago, amanecía en la calle y llegaba sin nada a su casa. Así fue perdiéndolo todo, hasta el punto que quedó solo de nuevo.

Recapacitó y gracias a Dios, comentó, está surgiendo nuevamente. “Mi empresa es grande, yo tengo la fe de que poco a poco volveré a crecer, y junto a mi familia que es mi apoyo incondicional, sacaremos la empresa adelante. Mi maravillosa esposa siempre ha estado conmigo, teniendo o no, y eso yo lo valoro”.

La jornada para Jhon termina a las siete de la noche, aunque vive con el temor de ser víctima de algún atraco, a su hogar llega con lo producido y con la olla vacía. Feliz por tener un trabajo y agradecido con Dios por la familia que siempre lo espera.

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