Divirtiéndose en una fiesta, aparece matrona riohachera Edita María Pinto Quintero, al lado de los artistas de la música vallenata: Alfonso 'Poncho' Zuleta Díaz y Arturo 'El Cocha' Molina.
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Por Nelson Rodelo Celedón.

Una señora morena, de cabello grisáceo, de baja estatura y de alegre semblante celebró el pasado 21 de octubre, sus 101 años de existencia. Estuvo rodeada de sus hijos, nietos y bisnietos y tataranietos; también de compañeros y amigos de toda la vida. Su nombre Edita María Pinto Quintero, una de las hijas ilustres de Riohacha.

En su fiesta de cumpleaños, se destacaban frases como: “cien un año no se cumple todos los días” “mírenla como baila todavía” y “los que todavía faltan”. Ahí mismo, Edita recibía cada felicitación con regocijo, estas le daban motivos para seguir viviendo. Al final de todo, ha sido su arduo trabajo y el cariño de sus seres queridos, los factores que la han mantenido en pie durante muchos años.

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‘Mama Edita’ como cariñosamente la llaman sus hijos, nietos y biznietos, nació el 18 de octubre de 1916 en la pequeña población rural de Matitas, hoy corregimiento de Riohacha. Rodeada del olor y los colores del campo, del amor de sus padres María Amalia Quintero y Juan José Pinto, de sus doce hermanos, se crio bajo respetables principios y valores.

Logró cursar sus estudios de primaria, distinguiéndose por ser muy elocuente y de ocupar los primeros puestos en las asignaturas. Tiempo después, con tan solo 16 años, contrajo matrimonio con quien se convertiría en el amor de su vida y el padre de sus nueve hijos, el señor Hipólito Mejía Rojas, oriundo de Camarones.

Edita ha sido hogareña toda su vida y con los años se volvió diestra en los oficios agropecuarios, sacando adelante su hogar con pujanza y entereza.

De sus nueve hijos, solo siete están vivos. Su hija menor, Oleida Mejía Pinto, destaca que su madres siempre le enseñó que la única forma de superarse en la vida era estudiar, consejo que iba acompañado de una estricta corrección.

“Ella siempre nos insistió que para salir adelante todos debíamos estudiar, y es así como al pasar de los año, todos cursamos nuestros respectivos estudios y nos convertimos en personas de bien. A cada uno nos castigaba con una varita, todos pasamos por ahí, ese era el método para irnos enderezando en el camino”, señaló.

La cuenta de su descendencia llega a los 109, distribuidos en nueve hijos, 48 nietos, 56 bisnietos, y cinco tataranietos.

Cumbiambera de Antaño

Movida por su personalidad festiva y su pasión por el Carnaval de Riohacha, Edita Pinto, en su juventud se unió al club infantil Las Quinceañeras, una agrupación de jóvenes cumbiamberas que deleitaron a Riohacha con sus movimientos durante la década de los 50. A través de este club se acostumbró a bailar por horas y horas cuando la capital guajira la rodeaba ese ambiente carnestoléndico típico de los meses de enero y febrero.

Al lado de cumbiamberas como Noelia Mejía, ‘La Comae Pipi’: Abadesa Guerra ‘Yaya de Rincones’ (q.e.p.d), Carmela Brito, Tránsito de Armas ‘Chancho’, y muchos carnavaleros que dejaron huellas en la historia de Riohacha, protagonizaban elegantes y coloridos movimientos en las calles tradicionalmente designadas para festividades.

“Mi mamá nunca ha dejado de bailar y danzar al ritmo de la cumbiamba; ella se disfraza y baila con nosotros. Conserva tanto ese gusto que en las fiestas, siendo ella una de las últimas que se duerme, y aunque tiene una dolencia en la pierna, baila y se goza la música que a ella le gusta”, aseguró Oleida Mejía.

El jarabe de calabazo y su salud ejemplar

Su hija cuenta además que la descendencia de Edita es mucho mayor y se extiende por toda Colombia, debido a su habilidad para producir el jarabe de calabazo, milagrosa toma conocida por sus propiedades afrodisíacas y sus efectivas soluciones contra la impotencia sexual, la cual le vendía a los turistas que visitaban Riohacha, quienes tras escuchaban sobre los beneficios de la bebida, no dudaban en acercarse a comprarla. Tiempo después, cuando celebraban el nacimiento de sus hijos, se acercaban a la señora Edita para darle gracias.

 

Lo sorprendente de esta tatarabuela es que nunca ha usado lentes, no ha parado de bailar y las enfermedades de la vejez no han sido parte de su vida. Solo unas complicaciones de azúcar y tensión la han incomodado.

Dejó de fumar a los 70 años y nunca tomó alcohol y siempre ha sido una mujer trabajadora. Sus hijos consideran que este último hábito, ha sido el ingrediente principal que ha logrado el sabor exquisito de los 101 años de edad.

“Los médicos me la han querido matar varias veces, pero ella sigue en pie de lucha. Le ha dado varios malestares, la he llevado a la clínica y me la atienden, pero enseguida nos dicen que nos preparemos para los peor; pero luego le damos unos medicamentos que tenemos aquí en la casa y enseguida se mejora. Por ahora ella se sienta, camina, entiende muchas cosas que le dicen y sigue con su salud en alto”, agregó con una amplia sonrisa Oleida Mejía.

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