Por Ernesto J. Rutto.

Las campanas de la iglesia El Carmen de Maicao expresaron su tristeza a las 3 en punto para indicar que en breve se iniciarían las honras fúnebres del niño Samer Rafael Cantillo Vergara, víctima de uno de los más deleznables casos de violencia que se haya presentado en la historia del municipio de Maicao.

Fue necesario que las campanas repicaran nuevamente porque, a pesar de que había llegado la hora del sepelio, el cortejo avanzaba con extrema lentitud desde la humilde vivienda del niño en el barrio Los Palitos, zona fustigada con frecuencia por el fantasma de la muerte, se detenía en las polvorientas calles de los sectores de Maicaíto, Paraíso y El Carmen en donde los vecinos de manera espontánea salían a expresar su inmenso dolor y solidaridad.

En las afueras de la iglesia El Carmen centenares de personas desafiaban el inclemente sol de febrero y los 35 grados de temperatura a la espera de que llegara el cuerpecito de Samer, acompañado por sus familias, profesores y amigos.

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El entorno de Samer

Samer nació en el seno de un hogar humilde, rodeado del cariño de la extensa familia de la que hacían parte no sólo sus padres, sino también tíos, primos, abuelos y hasta vecinos. Éstos últimos lo querían con el mismo amor que les prodigaban a sus propios hijos.

“El barrio es como una sola familia, todos estamos pendientes de todos. Al niño lo queríamos mucho, creció entre nosotros y era muy  bueno para hacer nuevos amigos”, revela una vecina que el día del sepelio hacía vanos intentos por contener las lágrimas.

Lo que no podía expresar con su voz inundada de llanto, lo expresaba por medio del mensaje escrito por su nieta Nairith en dos globos blancos: “No más abuso ni violencia contra la sociedad infantil. Justicia ya”

Maicao, una ciudad de historia violenta

Maicao ha sido desde hace décadas el pueblo más violento de La Guajira. Tanto, que  en el año 2017, por ejemplo, 101 personas murieron en hechos trágicos. Una cifra alarmante para una jurisdicción de menos de 200 mil habitantes. Una simple regla de tres nos lleva a la conclusión de que en Maicao hubo 50 muertes violentas por cada 100 mil habitantes. Lo anterior ocurrió exactamente en el  mismo año en que el Gobierno nacional celebrara el hecho de que el país había alcanzado el índice más bajo de los últimos años con un promedio de 24 víctimas por cada cien mil habitantes.

Una simple comparación de los números 50  (indicador de Maicao) y 24 (Indicador nacional) nos llevan a la dolorosa conclusión  de que la violencia en Maicao es dos veces mayor que la que existe en todo el territorio nacional.

Cuando la violencia destruye la infancia

Sin embargo, el episodio en que perdió la vida el niño Samer, no es un caso más. Es posiblemente el más doloroso de todos.  Alguien en la puerta de la iglesia lo explicaba a su manera “yo vivo en Maicao hace mucho tiempo y he visto de todo: crímenes contra jóvenes, contra mujeres, muertes en accidentes de carros y de moto, pero esto no lo había visto nunca, nunca. No recuerdo que antes hayan asesinado a un niño en esta forma”

Pero no es el único caso de infanticidio en Maicao. El 13 de septiembre del 2015 fue asesinada cruelmente la niña Briggite Cardona Madrid, de 10 años, junto a su progenitora Rosalba Madrid, dentro de la casa en la que vivían en la calle 7 con carrera 16 del barrio Santander.

Seiry Palencia Márquez.

El caso estremeció a la sociedad maicaera y causó el repudio de todas las fuerzas vivas, quienes clamaron por la aplicación de una pronta justicia para dar con los culpables. Un curtido oficial de la Policía Nacional, quien participó en las investigaciones  manifestó, entre lágrimas, que este es uno de los hechos más dolorosos con los que se ha enfrentado en su dilatada carrera como miembro del organismo armado.

A pesar de que en ese momento la sociedad clamó por medidas que evitaran la repetición de actos violentos contra los menores, unos pocos meses después, el 23 de marzo de 2016 desapareció la niña Seiry Palencia Márquez en cercanías de su casa en el barrio 1º de mayo.  Casi dos años después de su desaparición la búsqueda de las autoridades y los ruegos de sus familiares han sido infructuosos. Nadie conoce el lugar en donde está la menor ni las condiciones en que se encuentra.

No hay palabras que expresen el sentimiento

En el atrio de la iglesia los maicaeros lloran y buscan palabras para suavizar la pena de los desconsolados padres, pero no las encuentran.  La mayoría se conforma solo con verlos a una prudente distancia y manifestarle el apoyo a través de la mirada melancólica o del silencio respetuoso. Los únicos que se atrevían a levantar su voz eran los niños, quienes, vestidos de blanco, pedían justicia con sus voces tiernas pero firmes, con sus carteleras hechas a manos y con los globos blancos en los que escribieron peticiones a las autoridades para que protejan sus vidas.

El dolor puede más que el cansancio

Al terminar la misa nadie quiso abordar los vehículos dispuestos para el traslado al cementerio.  El dolor, las ganas de protestar de alguna manera, el deseo de ser solidarios, fueron algunos de los detonantes para que los asistentes tomaran la decisión de hacer a pie la distancia considerable que hay entre la capilla del barrio El Carmen hasta el cementerio Colombo Árabe, en la antigua salida a Uribia.

En la mañana un buen puñado de maicaeros había hecho también la distancia casi monumental que existe entre la plaza Simón Bolívar y el Barrio Villa Amelia, en la vía hacia Paraguachón. Cuando a alguien que hizo los dos recorridos se le preguntó si estaba cansado respondió de forma tajante: “cansado sí, pero cansado de que maten a la gente y nadie haga nada”

Una madre sola frente al peso de la ausencia

Eran más de las seis de la tarde cuando terminó el triste desfile. Un poco después algunos comenzaron a devolverse para sus casas. En el oriente el sol se ocultaba una vez más en medio de un bello haz de luces rojas y anaranjadas. Desde los ojos de la noche rodó una lágrima y en el barrio vecino al camposanto un perro lanzó su aullido lastimero. Todos regresaban a casa a disfrutar de la paz en familia, menos una madre adolorida que regresaba a la suya para encontrarse de frente con la soledad y la terrible ausencia del pequeño Samer.

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