Eufemia Balcazar de Morales, una de las matronas de El Molino.

Por: Alcides Vence Ibarra.

Acercarse a seres tan extraordinarios, tal vez considerada una embajadora de Dios, que a sus 86 años de edad muestra la fortaleza y el brío en las ganas infinitas de seguir viviendo.

Siente que ha sido escogida por el creador, por lo que se autoproclama una madre afortunada por el solo hecho de contar con el amor y respeto de cada uno de sus hijos o el interés permanente profesado por muchos de sus nietos, quienes también vienen a enriquecer sus facultades como mujer.

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Eufemia Balcazar de Morales, quien vino a ver la luz del mundo el 3 de septiembre de 1931, germinada de la unión de Fernando Zubiria y Dolores Balcazar, fue el motivo para que sus hijos implementaran una estrategia de cuidado para esta madre abnegada, que ha acompañado en los triunfos y en las derrotas.

Después del nacimiento de su primer hijo, tradicionalmente cada mes de diciembre arma el pesebre navideño en la sala de su casa, como símbolo innegable de agradecimiento cristiano a favor de toda su familia.

Eufemia Balcazar con su hijo, el escritor Jesualdo Morales Balcazar.

Recuerda claramente de mayor a menor el nacimiento de sus 12 hijos y los sucesos que la rodearon en cada proceso de gestación y formación al lado de su esposo fallecido, Tomás Emilio ‘Millo’ Morales Cariachil.

Es considerada la suegra perfecta y aunque las circunstancias de la vida la ha cobijado con la separación de algunos de sus yernos, siempre recuerda con la imperecedera  sabiduría humana que la caracteriza a: Enrique Celedón “El Soberano”, Rosa Contreras,  Gustavo Zambrano, Yesenia Díaz, Adelfo Díaz, Rosa Jaimes, Jorge Chamorro, Annis Gamarra, Alfonso Torres, Lourdes Armenta y otros, a quienes también considera sus hijos.

Conocer desde hace tantos años a una mujer que inspira el corazón de tres de sus retoños: Jesualdo, José Luis y Alexander; convertidos en declamadores y poetas con el único fin de mantenerla contenta o escuchando un recital de ‘El Indio’ Duarte. Ella aún persevera en su laboriosidad hogareña y en su pequeña tienda de víveres.

Encontrarla recostada en una silla, emparejadita en su humilde hamaca en el kiosco de su casa, y que comparta un café o sus bendiciones con quienes la visitan, o considerar que aun siente la presencia de sus retoños: Rafael Emilio y Suanny Ibeth, y su perpetuo esposo; quienes ya partieron a la eternidad.

Pueden ser estas facultades, una doctrina para declararla un ángel o embajadora del dueño de la creación aquí en la tierra, sumando su ferviente devoción a la Virgen María como lo muestra en las cuentas del Santo Rosario que siempre cuelga de su cuello.

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