Por Nelson Rodelo Celedón.

Un hombre mayor con camuflado militar se pasea por las calles de Riohacha con una sonrisa en el rostro. Lleva su mano a su frente y saluda de la manera como lo hacen los soldados, mientras la gente le grita cariñosamente: ‘comandante, mi coronel como le va’.

Su nombre es Edilberto Julio Rosales, mejor conocido como el ‘comandante’; nació en 1953, y es oriundo del El Copey, Cesar; pueblo donde estudió su primaria, para después dedicarse a oficios varios como la venta de comidas y la albañilería.

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Sin importar el calor típico de Riohacha, todos los días se viste con su uniforme y se sube a una cuatrimoto, que utiliza como medio de transporte. Tiene dificultades para caminar puesto que una enfermedad produjo la amputación de sus dos pies. Su discapacidad no es motivo para desanimarse, siempre lo adorna una sonrisa en el rostro y conversa alegremente con cualquier desconocido que lo saluda.

En 1967, salió de su pueblo natal para trasladarse a Riohacha, hogar de gran parte de su familia. Posteriormente, asegura que con el objetivo de “servir a la patria” se alistó en el Ejército Nacional.

En su servicio militar, fue trasladado al departamento del Huila, donde gracias al entrenamiento militar y a su dedicación, pudo sobrevivir a combates con los miembros de la guerrilla Farc.

“Yo ejercí como combatiente y enfermero de guerra por 19 años aquí en Colombia durante tomas guerrilleras; eran combates bien bravos. En ese tiempo la guerrilla no estaba influenciada por el narcotráfico, luchaba era por sus ideologías de izquierda. Recibí un buen entrenamiento”, señaló.

En varias ocasiones llegaron a emboscar el pelotón donde él se movía; combatía en plena montaña, en zonas selváticas de la cordillera central.

“Recuerdo que perdí alrededor de 17 compañeros en combate. Es algo muy duro de recordar, pero así es la guerra, y así es el oficio militar”, agregó.

Posteriormente, en la década de los 80, estuvo en la península del Sinaí durante cinco meses, en la frontera entre Egipto e Israel, cuando la Organización de Naciones Unidas (ONU) le pidió al país enviar una tropa con 502 hombres a esta zona.

De ahí se creó el Batallón Colombia No. 3, cuya tarea consistía en establecer la seguridad perimétrica en el campo norte de la zona C del Sinaí (unos 4.400 kilómetros cuadrados) y proteger las instalaciones del cuartel general de la Fuerza Multinacional de Paz y Observadores (MFO), una misión internacional que hasta el día de hoy verifica el cumplimiento de los tratados de paz entre los dos países.

Aunque ya ha pasado mucho tiempo desde su retiro hace 32 años, intenta recordar con esfuerzo todos los detalles de aquellas hazañas y travesías militares que le tocó vivir. Empuñando fusiles, carabinas, M-1, Pistolas 45, entre otras piezas de artillería, logró repeler muchos ataques de los guerrilleros y grupos ilegales que amenazaban a la población civil.

Edilberto recuerda que las Farc y los demás grupos guerrilleros no contaban con un gran arsenal de guerra, pero eran un hueso duro de roer, que muchos gobiernos no pudieron derrotar.

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