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Por Astrid Castillo López.

Una nueva historia de amor les presenta La Guajira Hoy, LGH con motivo del mes de Amor y la Amistad.

Un matrimonio conforme a la voluntad del Señor Jesucristo así se podría describir el camino que durante 23 años han recorrido Eduardo José Daza Cuello y Zenilma Patiño Díaz. Él es ingeniero de Sistemas, actual jefe del Area de Sistemas de Corpoguajira y ella gerente de Tigo en La Guajira, empresa de telefonía celular; ambos oriundos de San Juan del Cesar.

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Aunque eran vecinos en su pueblo natal nunca coincidieron, pero se conocieron en Barranquilla, donde ambos estudiaron sus carreras universitarias. Zenilma era amiga de la hermana de Eduardo, desde ese entonces empezó una amistad entre ellos, “mi vecina, la amiga de mi hermana” así lo recuerda Daza Cuello.

El noviazgo comenzó tiempo después de terminar sus estudios, cuando regresaron a su tierra natal; esta etapa de la relación duró siete meses aproximadamente, lo definen como “un noviazgo muy bonito, con todas las ilusiones que se presentan”, esto les permitió casarse y tiempo después tener a Isabella, su primera hija.

Días de felicidad reinaban en el hogar, la familia estaba creciendo, ellos tenían un trabajo estable y  ahorraban para iniciar la construcción de su casa, sin embargo, una noticia llegó para cambiar los planes que tenían.

En el año 2000 Isabella, quien tenía tres años para ese entonces, había sido diagnosticada con Leucemia, esto le dio un giro total a sus vidas, en medio de la tristeza y el dolor que sentían al conocer la enfermedad de su niña decidieron luchar por ella y poner todo en manos de Dios.

La familia conformada por Lucia Carolina, Eduardo José Daza Cuello, Zenilma Patiño Díaz, Eduardo José e Isabella.

Los dos dejaron su trabajo y con los ahorros que tenían se fueron a Bogotá a iniciar el tratamiento contra el cáncer y hacer todo lo que estaba en sus manos para ver a su hija recuperada.

Iniciaron una lucha fuerte, tuvieron que enfrentarse a varias crisis de salud que pasó la infanta, entre ellas, una neutropenia que le bajó las defensas y le causó una infección, esto la mantuvo en cuidados intensivos. De los 20 niños que en ese tiempo estaban en tratamiento, Isabella era la del estado más crítico.

“Cuando ingresó a cuidados intensivos nos mandaron a prepararnos para lo peor, nos llevaron con psicólogos y sacerdotes para que nos ayudarán a aceptar lo peor que podía pasar” recuerda Eduardo, sin embargo, destaca que a pesar de todo y contra todos los pronósticos que tenían los médicos, la fe en Dios fue más grande.

“Se la pusimos a Dios, del cinco por ciento de probabilidades de sanación que nos daban nos aferramos y confiamos en él, cinco años duró el tratamiento para que Isabella fuera declarada totalmente sana”, manifiesta Eduardo.

Durante este tiempo recibieron el apoyo de familiares y amigos, vecinos de San Juan estuvieron pendiente de todo el tratamiento, por ello, agradecen a cada una de esas personas que los acompañaron y oraron para que ocurriera el milagro de ver a su hija, quien ya tiene 22 años de edad, sana, realizada y quien actualmente cursa último semestre de medicina.

“Esta situación nos fortaleció como pareja, nos unió aún más y sostuvo unido los lazos de la familia, los amigos y los más cercanos del pueblo de San Juan” destacó Zenilma.

Después de esa crisis optaron por planificar y dejar para después a los nuevos hijos, pero cuando ya decidieron tenerlos les fue imposible “pasaron tres años sin cuidarnos, nos hicimos tratamiento y nada, no podíamos tener hijos” recuerda Eduardo.

Nuevamente dejaron todo en manos de Dios quien los sorprendió con un milagro “en nuestro hogar tenemos la tradición de hacer la carta del niño Dios en familia, Isabella pidió para su mamá una semilla de bebé pero nadie había visto la carta hasta después de recibir la noticia de mi embarazo porque la niña dijo ‘mami yo le pedí a Dios un hermanito’”, recuerda Zenilma.

Así nació Eduardo José y después la última niña llamada Lucia Carolina. Por estas y otras razones agradecen a Dios, destacan que de esas situaciones aprendieron a no ver los problemas grandes, si no enfrentarlos desde otra visión, conocer el amor en todas las dimensiones y a las personas tal cual como son.

Este año hicieron la renovación de votos matrimoniales en Bolivia, no estaba en sus planes hacerlo pues solo iban de padrinos de boda de un familiar pero agradecen el gesto que tuvieron quienes participaron en esa sorpresa.

La vida los ha cambiado para bien, consideran que han alcanzado la madurez suficiente, reconocen que no son un matrimonio perfecto porque también tienen sus altos y bajos pero han aprendido a escuchar y aceptar la voluntad de Dios, sienten su cercanía en sus vidas y la de sus hijos “nos guía, nos cuida y nos fortalece en las dificultades”

Eduardo destaca que “el matrimonio es duro, no es un camino de rosas sino de crecimiento, conocerse, evolucionar, ella me ha cambiado mucho, me cambió para bien”.

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