Los pescadores guardan respeto por el mar y antes de adentrarse a él se preparan para una nueva experiencia.

Por Juan Parra.

Las olas del mar Caribe son testigos del trabajo de quienes subsisten a través de la pesca en Riohacha. El olor del tinto caliente  a las 3:00 de la mañana es la muestra de que el día ya empezó para ellos: Los pescadores.

Sus mujeres tienen un trabajo duro, levantarse más temprano que ellos, preparar el desayuno y el almuerzo, seguidamente, despedirlo con la incertidumbre de saber si regresarán o no a casa.

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‘El mar tiene sus secretos’, confesó uno de ellos, quien sin titubear contó que su trabajo requiere de vocación, a pesar de que no es profesional. “Se deben saber de muchas cosas para ir a pescar. Desde mecánica para arreglar el motor en altamar, hasta saber de economía, para sacar la cuenta de lo ganado en la faena de pesca”, indicó Pedro Inciarte.

Mujeres que trabajan diariamente sacando las vísceras de los pescados.

Regularmente la jornada laboral empieza a de las 4:00 de la mañana, entre dos y cuatro personas por cada lancha quienes se disponen a prepararse para zarpar. Verifican que tenga la gasolina suficiente para el viaje, utilizan cuatro garrafas. El combustible se debe contrabandear con anticipación a 95 mil pesos por cada garrafa.

A veces, la fuerza de las olas y el peso de la carga hacen que las fibras del transporte se agrieten y empiece a filtrarse agua, la reparación debe hacerse de inmediato porque esta unidad es su principal activo.

Las mallas para la red tienen un valor de 5 millones de pesos por paca (125 kilos cada una), las necesarias para hacer un viaje productivo.

Remendando los chinchorros están los pescadores, tarea que realizan regularmente en horas de la tarde.

¿Existe un miedo? Uno de ellos respondió: “Mi temor es no poder volver a encontrarme con mi familia, porque el agua es sagrada y en cualquier viento fuerte, podemos desaparecer”.

Una vez en altamar se encuentra con el desafío de cada día, encontrar o no mercancía: peces. “Hay días buenos y malos, de eso depende en gran parte la mesada en nuestros hogares”, explicó un pescador.

Allá, en el altamar, se quedan los esfuerzos de hombres que pelean con las brasas del sol y el chispoteo del agua salada. Una vez desayunado, almorzado y tener la barca llena de especies marítimas se disponen a regresar a la orilla pasadas las 3:00 de la tarde, para tocar tierra nuevamente, lugar al que pisan con fuerza por haber llegado con vida.

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