Pese a que fue víctima de un cáncer de pulmón, nunca demostró su fragilidad ante sus familiares. Los médicos lo habían desahuciado y le pronosticaron tres años de vida, pero su fortaleza y actitud positiva hicieron que Zoila Ballesteros de Lubo viviera dos años más de vida.

En octubre, había cumplido su novena década de vida, un día inédito para regalarle a su familia las lecciones y valores que el destino le había enseñado, pero por sobre todas las cosas su estilo de vida católica, devota de sus oraciones y su culto al Santísimo.

El comercio fue su oficio de por vida, se casó con Diofante Lubo, con quien tuvo un hijo, llamado José Rafael Lubo Ballesteros.

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Fue una mujer laboriosa, oriunda de Riohacha, dedicada a una vida hermana-mamá porque se quedó huérfana a los 10 de edad y fue ella quien asumió la responsabilidad y el cuidado de sus cinco hermanos menores.

Su sobrina, Luisa Margarita Navarro Ballesteros, muy conmovida por la muerte de su tía, retrató a la fallecida como una mujer trabajadora, emprendedora, alegre, proactiva y muy querida por sus familiares.

“Si alguna vez se quejó, nunca lo supimos. No padeció de dolor, porque se mostró saludable y por su boca jamás salió una queja. Definitivamente, fue una lección para todos sus sobrinos”, resaltó.

Su petición antes de morir, fue que la cremaran en Cartagena, tierra donde vivió una etapa de su vida y permaneciera allá un buen tiempo  y luego trajeran sus cenizas a Riohacha para que sean almacenados en la catedral Nuestra Señora de los Remedios.

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