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Al acercarse el fin de su ministerio en la Tierra, Jesús era consciente de dos situaciones derivadas de su necesaria partida: en primer lugar le haría mucha falta a sus discípulos y en general a las nuevas congregaciones que habían ido naciendo alrededor de su figura y de su predicación; en segundo lugar sabía que su labor no podía quedar truncada de manera abrupta y por ello se necesitaría que alguien consolara a quienes seguirán buscándolo sin encontrarlo de manera física.

El principio de la despedida de Jesús está en el capítulo catorce del libro de Juan. Jesús les dice a sus muchachos que debe partir para preparar morada, a lo que Tomás (siempre Tomás) responde con la pregunta en la que se observan sus dudas: “Señor, no sabemos a dónde vas; ¿cómo, pues, podemos saber el camino?”.

A esto Jesús le contesta con la revelación de cuál es el camino correcto:

“Yo soy el camino, y la verdad, y la vida; nadie viene al Padre, sino por mí”.

Entendiendo la tristeza y la necesidad de que su rebaño tenga un guía genuino y un consolador efectivo, les hace el gran anuncio: expresa que rogará a su Padre para que envíe otro consolador que esté con ellos (y con la humanidad, por siempre). Lo describe como un Espíritu de verdad al que el mundo no puede recibir porque no le conoce, pero en cambio sí podrán recibir sus seguidores, en virtud del conocimiento que tienen a través de las enseñanzas recibidas en el último tiempo.

El maestro se está refiriendo obviamente, al Espíritu Santo, el gran Consolador, la presencia viva de Dios en nuestras vidas a quienes la mayoría no podría ver por dos razones:

  1. Porque no lo ven
  2. Porque no lo conocen

En cambio, quienes conocen a Jesús tendrán el privilegio de contar con este Consolador, también por dos razones:

  1. Porque morará con ellos
  2. Porque estará en ellos

La promesa se cumple un poco después de la pasión y resurrección de Jesús, en el día del Pentecostés, narrado en el segundo capítulo del libro de los Hechos, que entre otras cosas es el libro que en la Biblia está inmediatamente después de los cuatro evangelios y es en el que se consigna la historia de la iglesia primitiva.

Ese día ocurrieron cosas increíbles, durante una animada y disputada reunión de discípulos y otras personas, los perseguidos de los primeros años, quienes debatían sobre la forma en que deberían actuar en adelante.

Ese día, conocieron al Espíritu Santo, que llegó a sus vidas de una manera espectacular y a partir de ese momento se hizo presente en sus vidas para acompañarlos durante el ministerio que habría de cumplir esa y las futuras generaciones.

Ese día el clamor fue generalizado, en un momento en que estaban todos unánimes, juntos y se vieron inmersos en una multitud desconcertada. Sin embargo, no tardaron en recordar la promesa que el Señor les había hecho de enviar un Consolador.

Hoy sabemos que el Espíritu Santo habita entre nosotros y dentro de cada uno. El Espíritu Santo es una presencia constante de Dios en nuestras vidas, mora en nuestros cuerpos y habla a nuestros oídos y corazones para conducirnos a una íntima relación con el Padre.

El Espíritu Santo nos habla a través de la Biblia y durante nuestros momentos de intimidad con Dios los mismos medios a través de los cuales nos enseña para que podamos avanzar en la idea de convertirnos en mejores seres humanos y en obreros idóneos del servicio al prójimo y a Dios.

Una de las características bien importantes del espíritu Santo es su trabajo como intercesor. ¿Quién es un intercesor? Es aquel que pide, que ruega, que ora por otros. El apóstol Pablo escribió en la carta a los Romanos que el Espíritu santo nos ayuda en nuestras debilidades y pone las palabras adecuadas en nuestros labios cuando estamos orando: “Y asimismo, también el Espíritu nos ayuda en nuestras debilidades; porque cómo debiéramos orar, no lo sabemos; pero el Espíritu mismo intercede con gemidos indecibles» (Romanos 8:26).

Busquemos a Dios, creamos en Jesús y demos libertad al Espíritu Santo para que actúe en nuestras vidas y nos lleve a una linda y estrecha relación con el Creador.

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