En el poblado de Carraipía, muchos recordarán a Trinidad Mercedes Loaiza como una excelente persona.
En el poblado de Carraipía, muchos recordarán a Trinidad Mercedes Loaiza como una excelente persona.
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El coche fúnebre se detuvo frente a la que fue su residencia. Como para que su ocupante se despidiera por última vez. Los familiares y amigos, miraban la carroza como un bicho raro. No se acercaban al vehículo porque la extraña nueva normalidad se los impedían.

Cumplido el saludo mudo de la difunta, la carroza obedeció una orden, no se sabe de quién, de seguir rumbo al campo santo. Todo como si se tratara de un libreto hecho para que todos siguieran observando sin acercarse y obedecer en silencio, lo que se tenía programado desde que el desfile comenzó en la clínica donde se inició el itinerario.

Trinidad Mercedes Loaiza
Trinidad Mercedes Loaiza.

Ya en el cementerio, todo era igual de misterioso. Un extraño silencio seguía reinando como ley o un ejemplo de discreta  disciplina. Todos se miraban, lloraban, susurraban y algunos, en voz bajita, hablaban de los buenos recuerdos, modales y anécdotas que tenían de la difunta.

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Por unos segundos, una joven se acerca al ataúd y levanta la tapa y algunos aprovechan para mirar. Tal vez esperaban ver, como es costumbre y habitual, la cara arreglada místicamente por un tanatólogo. Pero no, solo vieron un extraño envoltorio de esos que se inventaron ahora los expertos en asuntos de covid-19 como si algo escondiera celosamente su portador para llevarse a la eternidad.

Luego llegó la palabra. Se rompió el silencio. Una mujer que dijo ser poseedora de un mensaje del creador, acabó con el mutismo para decir que había esperanza en medio del dolor y la nostalgia por la partida de la difunta. Y hasta presentó una oferta celestial para quienes se arrepintieran de las cosas no santas en la tierra.

Con cánticos y una oración se calmaron los llantos. Un joven da la orden de seguir separados y retirados del féretro. Con voz suave, tenue pero con una alta dosis de autoridad, ordenó a los mayores abstenerse de seguir el ataúd hasta la última morada con una convincente excusa de que solo las personas con edades muy cortas podían trasladar el ataúd.

Así fue la misteriosa despedida de Trinidad Mercedes Loaiza de Gutiérrez, quien con 82 años dejó los mejores recuerdos en un pueblo llamado Carraipía. Trini una suegra sensacional.

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