Cristian Eduardo Brito Quintero, un riohachero que se ha hecho con dedicación y perseverancia
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Cristian Eduardo Brito Quintero, un riohachero nacido un lunes 12 de octubre a las 10:30 de la mañana, vino al mundo en el hospital Nuestra Señora de Los Remedios, mismo centro asistencial al que décadas más tarde llega a la gerencia, para orientarla inicialmente, durante los próximos cuatro años.

Su infancia estuvo marcada por la desventura de perder a muy temprana edad a su progenitor; el señor Álvaro José Brito Sarmiento, hecho que lo llevó a vivir en Papayal, la tierra de su madre, Neira Quintero Amaya, y sus ancestros.

Cristian Eduardo Brito Quintero, edificando su futuro.

A sus 7 años, la vida de él y su familia no fue fácil, después de la muerte de su padre. Neira, una joven viuda de 24 años, trabajó incansablemente para mantener a sus hijos; Cristian junto con sus hermanos Ángel Mario y José Álvaro, tuvo que adaptarse a una vida de constantes cambios y dificultades. Su madre trabajaba como aseadora y más tarde en la mina, y la familia vivió en diversas localidades, incluyendo Villanueva, Valledupar y Barrancas.

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Cristian Eduardo Brito Quintero

A pesar de estos desafíos, Cristian mostró una determinación admirable desde temprana edad. Cursó su educación primaria en la escuela María Doralisa López de Mejía en la ciudad de Riohacha, y continuó sus estudios de bachillerato en varios lugares, finalmente completando su educación secundaria en Barrancas. Este período de su vida lo describió como el de un ‘nómada’, moviéndose de un lugar a otro, pero siempre manteniendo la esencia de sus raíces en Papayal y Villanueva.

Su pasión por la medicina lo llevó a Guayaquil, Ecuador, donde ingresó a la facultad de medicina de la universidad Estatal de Guayaquil, una de las más antiguas y prestigiosas de Sudamérica. Durante siete años y medio, se formó como médico cirujano, adquiriendo una sólida base en cirugía general. Esta experiencia fue crucial para su desarrollo profesional, aunque al regresar a Colombia su título fue homologado como médico general.

En 2010, regresó a Colombia para realizar su año rural en el centro de salud Miguel Meza, conocido cariñosamente como ‘El Chorrito’, ubicado en el barrio San Martín de Porres de la capital guajira. Su dedicación y habilidades lo llevaron a quedarse como médico general y urgenciólogo en el Hospital por dos años y medio. Posteriormente, buscó especializarse en radiología en Argentina, pero decidió regresar a Colombia tras un año, prefiriendo seguir su camino en su país natal.

Cristian Eduardo Brito Quintero acompañado de sus cinco hijos.

De vuelta en Colombia, Cristian trabajó en Manaure y continuó su formación académica, especializándose en auditoría y calidad en servicios de salud en la universidad Popular. Durante seis años, se dedicó a la parte administrativa de la medicina, desarrollando habilidades que serían esenciales para su futuro rol como gerente.

Cristian nunca olvidó sus raíces ni la comida que amaba de niño, especialmente el arroz ‘achotao’ amarillo con plátano horneado y queso que preparaba su abuela en Papayal. Esta conexión con su pasado lo mantuvo arraigado a su cultura y valores familiares.

Recuerda, una de sus pilatunas de niño porque era muy hambreado. “Una vez mi abuela ahí en Papayal, cuando tenía 9 años, por haberme comido una comida de un tío, mi abuela me castigó; hizo dos libras de arroz amarillo de ese ‘achotao’, eran como las 7 de la noche. Me llevó al patio, me dijo ven acá, me sentó frente al caldero, yo veía el caldero y me cerró la puerta y me decía hasta que no te lo comas, no te duermes, ese fue el castigo. Me pude comer solo tres cucharadas, pero hasta ahí, se me acabó lo ‘hambríao’”.  

En el ámbito personal, Cristian agradece a Dios por sus cinco hijos: Álvaro José, Sarah, Montserrat, María Cristina y María Cristal.

Finalmente, el destino llevó a Cristian de regreso a su lugar de nacimiento, al hospital Nuestra Señora de los Remedios en Riohacha, esta vez como su gerente. Asumió este rol en un momento crítico, pero con la firme convicción de que Dios lo había puesto allí por una razón.

Su vida, marcada por la perseverancia y el servicio, es un testimonio de su compromiso con su comunidad y su profesión.