-Primera parte-
Luis Felipe Miranda Sarmiento creció entre el olor a tierra mojada, el mugido del ganado y las voces de sus padres le marcando el ritmo de cada jornada en el corregimiento de Tigreras, Riohacha, La Guajira. Tenía apenas 15 años cuando entendió que su vida no iba a quedarse en los linderos de Tigreras, ese corregimiento de Riohacha donde aprendió a madrugar, arriar reses y cumplir con los oficios del hogar sin protestar. En las tardes se descalzaba y corría detrás de un balón improvisado, sin pensar que ese juego rústico sería la puerta a otro mundo.
Un sueño que parecía ajeno, pero terminó siendo suyo
Hijo del exconcejal Aloima Miranda y de la docente Liseth Yolima Sarmiento Fuentes, Luis Felipe creció rodeado de disciplina, pero también de la libertad que da la vida rural. Era el segundo de tres hermanos y reconoce que su primo hermano Jorge fue quien lo empujó a tomarse el fútbol en serio, lo retaba, lo corregía y no le aceptaba excusas.
Lo curioso es que, en sus palabras, el fútbol no le despertaba pasión al principio. Lo jugaba por costumbre, por compañía y porque en el pueblo todo se resuelve con una pelota rodando en la cancha de barro amarillo y tierra, que con la brisa se convierte en un polverin.

Intentó una escuela por insistencia de su papá, incluso lo inscribieron con el profe Tito, pero fue dos fines de semana y se aburrió. No quería entrenamientos formales, quería jugar a su modo. La historia cambió en 2015, cuando su padre lo llevó a la escuela de Rafa Palacios en el barrio Arriba de Riohacha.
Sin saberlo, lo metió de lleno en el circuito donde empiezan los futbolistas que quieren volar alto. Desde ahí comenzó una ruta que mezcló ilusión, disciplina y la incertidumbre de no saber si el sueño era para él, ahí comienzan abrirse a la vida del deporte mas bello del mundo, el Fútbol.
Entre viajes, pruebas y tropiezos que lo hicieron más fuerte
Con Rafa llegaron los primeros viajes. Nada lujoso: aportes de los padres, organización sencilla y mucho sacrificio. Pero ahí, dice él, estaba el verdadero valor de Rafa: mostraba jugadores y no abandonaba a nadie. Lo presentaron en Bogotá ante filiales como Chacarita, en diciembre del 2017, cuando los equipos buscaban talento. A veces lo querían, a veces lo descartaban, y su mamá, sobreprotectora y prudente, siempre dudaba de tantos ofrecimientos que sonaban demasiado buenos para ser ciertos.
Luis Felipe confiesa que hubo momentos duros. Pensó en rendirse, en estudiar algo distinto, en aceptar que había empezado tarde para un deporte que exige desarrollarse desde niño. Pero también sabía que, si no lo intentaba con todo, se pasaría la vida reprochándose no haber insistido. Entre viajes, entrenos y exámenes de último grado, mantuvo el rumbo. Terminó el bachillerato como le exigieron sus padres, aunque por dentro solo quería estar en una cancha.

El giro decisivo llegó en Cali. Un amigo de Bonner Mosquera —quien hoy es su representante— lo vio jugar, le creyó y apostó por él. Seleccionaron a siete muchachos de Riohacha y luego, ya en diciembre y enero, los revisaron nuevamente en la capital guajira. Se quedaron con los mismos siete. Luis Felipe sintió que por fin el camino le abría una puerta. Aun así, era consciente de que debía terminar el colegio y aprovechar cada entrenamiento como si fuera el último.
Hoy, cuando repasa esa historia, entiende que empezó tarde, pero empezó bien. Que cada piedra en el camino lo obligó a ponerse serio, a madurar y a decidirse por el fútbol sin romanticismos. Lo suyo no fue un salto milagroso, fue resistencia pura. Y si algo aprendió en Tigreras es que el que aguanta, avanza.












