Uribia, la capital indígena de Colombia, atraviesa por un momento crítico que la convierte en un espejo doloroso de lo que significa vivir en una tierra sin garantías de seguridad. En las últimas semanas, el municipio ha sido escenario de secuestros, asesinatos, atentados y robos que se han vuelto parte del día a día, configurando un panorama de zozobra constante para sus habitantes.
Una violencia que se cronometra
La línea del tiempo de la violencia en Uribia parece una bitácora de horror. El primero de septiembre, dos hombres fueron secuestrados en Villa Fausta. Días después, un entrenador de fútbol perdió la vida en un intento de hurto. Le siguieron un atentado contra la línea férrea, el secuestro de contratistas de empresas energéticas y de un trabajador de Cerrejón, además de ataques armados que dejaron heridos a estudiantes y ciudadanos comunes.
El clímax de esta ola violenta llegó con los hallazgos en el Cabo de la Vela, donde dos cuerpos fueron abandonados como mensaje de terror. A la par, en el casco urbano, los asesinatos no cesan: comerciantes, líderes y transeúntes han sido víctimas de la impunidad que campea en el municipio.
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¿Dónde está la respuesta?
El Estado parece observar a distancia, como si Uribia fuese un territorio ajeno a su responsabilidad. Los consejos de seguridad convocados por la administración se quedan en declaraciones, mientras las estructuras criminales se mueven con libertad, extendiendo su control y sometiendo a la población al miedo.
Esta realidad desnuda la fragilidad institucional y la falta de resultados en materia de seguridad. Los habitantes perciben que la violencia avanza más rápido que las acciones oficiales, y que el abandono histórico del municipio se profundiza cada vez que un nuevo hecho sangriento engrosa la lista de víctimas.
Un clamor que no se apaga
Uribia no solo es víctima de la delincuencia, también lo es del silencio. La voz de sus comunidades wayuu y de sus líderes sociales exige algo más que promesas: necesitan presencia, resultados y justicia. La capital indígena del país merece ser reconocida por su cultura y su riqueza ancestral, no por los titulares de muerte y miedo que hoy la definen.
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Un llamado urgente
Lo que ocurre en Uribia interpela a las instituciones del Estado en todos los niveles. No es suficiente con reaccionar después de cada hecho violento; se requiere una estrategia integral que combine inteligencia, justicia y presencia en el territorio.
Mientras ese cambio no llegue, la vida en Uribia seguirá marcada por un calendario de violencia que avanza con precisión escalofriante, dejando evidente que la impunidad es la verdadera reina en la Alta Guajira.















