Julio De Vito
Julio De Vito
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Por: R.E.I. Santana

Vendedores ambulantes de café, artesanía, agua y carreteros hacen parada diariamente a la sombra de los árboles que se encuentran en los alrededores de la plazoleta ubicada en la calle 15 con carrera 11. Dos artesanos contaron a La Guajira Hoy cómo llegaron y cómo han sobrevivido viviendo en la calle.

La actual contingencia mundial ocasionada por la expansión del covid-19 no acobarda ni atemoriza a los miles de migrantes venezolanos que residen en la ciudad. Así lo expresaron algunos comerciantes informales en la plazoleta de la Casa de la Cultura de Maicao.

Julio De VitoEl lugar se ha convertido en el punto de encuentro diario de hombres y mujeres que consiguen allí un espacio donde conversar entre paisanos protegiéndose del inclemente sol maicaero, bajo los árboles de Neem. En su mayoría jóvenes, llegaron a la ciudad buscando mejores condiciones que en Venezuela.

Así es la historia de Julio De Vito y Miguel Sevilla. Uno proviniente de Caracas y el otro de Valencia, ambos artesanos y desconocidos entre sí. Quienes se definen como dos venezolanos decididos a superarse.

«Siempre he tenido claro que esta situación pasará. Desde niño he trabajado como comerciante en un sector que se llama El Cementerio en Caracas», comentó un Julio De Vito esperanzado en que su tierra natal vuelva a ser el paraíso de antaño, donde tuvo oportunidad de comenzar estudios en la universidad Central de Venezuela.

Julio De Vito, contó que llegó a Maicao por una recomendación cuando estuvo un tiempo trabajando en Maracaibo. Al llegar a la Guajira tuvo varias oportunidades para demostrar su valía consiguiendo ser distribuidor de perfumes, sin embargo fue estafado y quedó en bancarrota.

Miguel Sevilla
Miguel Sevilla.

«El mundo se me derrumbó el año pasado, llegué a dormir en un refugio en Riohacha y pasé días muy malos, pero como todo buen comerciante me reinventé y he podido salir adelante», expresó.

Miguel Sevilla, por su parte, contó una historia llena de desencuentros y mala fortuna en la ciudad de Maicao. Su oficio le ha servido para subsistir con una comida diaria y sin techo donde dormir. Sobreviviendo a la intemperie con una pandemia siguiéndole los pasos.

«Iba para Ecuador hace año y medio, buscando nuevos horizontes y mejoría porque en Venezuela todo está muy difícil, pero Maicao me pareció una tierra de oportunidades y me quedé aquí a guerrear», explicó Miguel Sevilla, conocido entre sus amigos como «Shreck».

Miguel no terminó sus estudios, pero se enorgullece de ser un hombre emprendedor y trabajador. En Valencia trabajaba como carpintero, carnicero, ayudante de albañilería, ayudante de panadero y dependiente en un almacén. Su mayor aspiración en Maicao es conseguir estabilidad.

Miguel Sevilla«También trabajé en un establecimiento que allá le llamamos charcutería. (…) Mi sueño es conseguir un trabajo para poder comprarme un predio y construirme una casa, así sea un ranchito. Después vendrá la familia, los hijos y la paz», manifestó con nostalgia «Shreck».

Como estos jóvenes, en la ciudad de Maicao aún residen miles de migrantes venezolanos que, pese a la pandemia del covid-19, no han vuelto a su país de origen y han decidido mantenerse firmes en tierras colombianas para demostrar que los venezolanos no son un problema, sino una solución.

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