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El mejor escritor que ha vivido en mi pueblo aprendió su oficio de una manera bien particular, de la cual les hablaré un poco más adelante, tal vez de la forma más extraña y difícil de imaginar. De eso le hablaré un poco más adelante.  

Mi más admirado hombre de letras en el patio de nuestra casa grande llamada Maicao, bien pudo crecer merced a las buenas enseñanzas del profesor Ramiro Choles Andrade. De eso no hay ninguna duda. O quizá logró forjarse de tanto repetir los fragmentos de las canciones vallenatas que intentaba aprender en la caminata diaria de su casa al colegio y viceversa.

O de pronto adquirió su habilidad después de haberse enviciado en la lectura de cuanto libro, folleto, paquito, periódico y revista de venta de cosméticos que llegara a sus manos. O de pronto lo ayudó el hecho de que lo incluyeran en el equipo de colaboradores del programa radial.    

Puede ser, digo, que mi admirado caballero de las palabras bien escritas y bien habladas aprendiera en alguno de esos escenarios, pero eran tantos los que andábamos en las mismas que tal vez otros también debieron acompañarlo cuando se despegó del lote rumbo a los picos más altos en el Tour de la Vida con punto de llegada en el puerto de los textos bien escritos.

A estas horas de la vida quiero contarles que les estoy hablando acerca de Abel Medina, un conciudadano tan maicaero como Juan Hotel que creció en las calles derechas y anchas del barrio El Carmen y hoy se convierte en orgullo de todos los de su generación por sus éxitos en los campos sacrosantos de la docencia, sus victorias en el escenario de la investigación musical y en el arte de unir letras, coser palabras, ensamblar párrafos para ensamblar libros que hoy son de consulta obligada en el ámbito académico, amén de sus vibrantes columnas de opinión que cada ocho días nos pone a pensar con seriedad en el presente y en el futuro de La Guajira.

Ahora sí les voy a contar la conclusión a la que he llegado después de casi cuarenta años de afortunada amistad con Abel Medina y de ser su cómplice en la realización de algunos sueños y el inicio de otros cuya concreción está apuntada en el cuadro de las asignaturas pendientes. Abel, en los apasionantes años de su adolescencia fue cartero. Sí señor ¡Cartero!, oficio que le dio la oportunidad de acumular experiencias y tener ciertas vivencias que ninguna otra profesión le hubiera brindado.  

Ser cartero le daba la oportunidad de recorrer el pueblo al derecho y al revés, buscar direcciones enredadas como las hay en casi todas partes, encontrarse con la sorpresa de que algunos destinatarios habían cambiado su lugar de residencia y los nuevos ocupantes de la vivienda no tenían la remota idea de a dónde se habían mudado.  

En ese bello oficio debió enfrentarse también al sol inclemente de las tres de la tarde, saltar los charcos de la calle catorce en la que se inspiraba Roberto Solano para componer sus canciones y enfrentarse a docenas de perros rabiosos que en más de una ocasión lo obligaron a hacer uso de su agilidad felina y refugiarse en lo más alto de un árbol de mamón, mango o trupío (la fruta no importaba sino que la altura le permitiera huir feroces dentelladas).

¿Se imaginan el arsenal de buenas historias para llevar al papel en blanco acumuladas en esa agitada vida de cartero? Pero no les he contado lo mejor. Siempre me he imaginado a Abel sentado en alguna pila de piedras de cierto pacífico barrio poniendo aparte las cartas sin dueños, los paquetes cuyos destinatarios no aparecían y haciendo con ellos un paquete aparte para luego solazarse en su lectura.

Me lo puedo imaginar al abrir cartas de muchachas poseídas por el ángel del amor escribiéndoles a sus escurridizos novios;  las de los hijos que pretendían encontrar a sus padres perdidos en la inmensidad del mundo; las de los acreedores que enviaban unas líneas con la esperanza de recuperar alguna deuda de difícil cobro; la del vecino que comunicaba una noticia nefasta sobre insucesos familiares. Me he imaginado que el cartero de mi pueblo no sólo leía las cartas ajenas sino que, en un acto de física piedad humana, las contestaba para alentar al menos una parte de las esperanzas de los desconocidos remitentes.

Por aquellos tiempos Abel Medina fue también árbitro de fútbol, de manera que sus vivencias en ese oficio incomprendido más su aventuras en las pilas de piedra en que se sentaba a leer cartas ajenas, sus frecuentes trepadas a la copa de los árboles y los penaltis que pitaba con el dolor de su alma, lo llevaron a su irremediable encuentro con el fuego deslumbrante de la literatura. Y miren a dónde ha llegado. 

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