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Durante mis años como liceísta, un vago pensamiento de exclusión, oculto en aquella época detrás de las habidas rutinas de adolescentes en plena pubertad, quienes atribuían cualquier tipo de “alias” y «apodos» a los estudiantes étnicamente diferentes, continuaba respirando sobre la nuca del sistema educativo de los años noventa.

Muy a pesar de que algunas nociones de interculturalidad han tratado de resarcir el inminente daño causado a la población negra desde la expansión colonizadora y los estragos de la trata transatlántica en La Guajira, aún hoy, la exclusión racial todavía se siente a flor de piel en las aulas de clases.

En aquellos días, la resistencia al autoreconocimiento se erigía vertiginosamente entre algunos estudiantes negros, quienes lejos de sentir orgullo por sus raíces identitarias y por la lucha histórica que les terminó devolviendo la libertad, prefirieron llevar a cuestas un peso inexorable que resultaba al tratar de encajar sin éxito en un “mundo” diseñado completamente para blancos.

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Después de tantos años, justo cuando descubro que la universidad de La Guajira, ha puesto en marcha la Cátedra Afro como requisito indispensable para refrescar nuestra Memoria Histórica, aquel hecho nos debería hacer reaccionar ante la debilidad del sistema educativo guajiro para darle manejo a este tipo de realidades en el contexto escolar.

La interculturalidad como cohesión social, es una realidad que muy poco se tiene en cuenta las Instituciones Educativas, no solo por el desconocimiento de los saberes propios que evidencia el ecosistema académico sino por la ineficacia de un currículo impuesto, lejanamente acertado de las experiencias cotidianas de los estudiantes involucrados en comunidades negras e incluso indígenas, quienes son los que sufren en carne propia los estragos de la intolerancia racial en los colegios tradicionales.

Como se observa, entonces, la lucha no es de ahora. Desde la llegada de los españoles a la península de La Guajira en el año 1538, la población negra ha sido objeto de una fuerte discriminación social y una sólida hegemonía esclavista.

En parte porque se tiene una errada noción sobre la interculturalidad y en otra porque la historia planteada en las enciclopedias difiere enormemente de los verdaderos estragos colonialistas en el territorio guajiro y, aun así, se sigue enseñando.

Riohacha, nombrada en un principio como “Ciudad de Nuestra Señora de los Remedios del Río de la Hacha” se originó como producto de la bonanza perlífera en el Cabo de la Vela.

En la medida que la extracción de perlas, una actividad desarrollada en sus inicios por los indígenas wayuu como producto de la imposición española, consolidaba una brecha social tangible y el aniquilamiento de otros grupos indígenas como los Cocinas y los Guanebucanes, los negros africanos traídos como contrabando, resultado de la trata de esclavos, llevaron la peor parte.

Debido a su composición genética, fueron forzados a arduas jornadas de trabajo en las granjerías perlíferas y aunque, centenares de ellos fallecieron, otra gran mayoría organizaron rebeliones y huidas masivas hacia diferentes direcciones del Departamento de La Guajira y el Caribe.

Por consiguiente, la gran mayoría de asentamientos escalonados a lo largo y ancho del Departamento, fueron en sus inicios comunidades de esclavos libres que se rebelaron ante el yugo colonial y decidieron agruparse en poblaciones que dieron origen a los municipios y corregimientos que hoy componen nuestra geografía.

Gran parte del territorio de La Guajira, como se conoce actualmente, surge de la mezcla étnica entre africanos e indígenas, un hecho sin precedentes y una historia fascinante que nos enaltece, pero que muy pocos conocen.

La resistencia al auto reconocimiento en nuestro contexto se genera debido a que se desconocen las raíces que abrigan nuestros antecedentes étnicos y por ello, se comete el error de menospreciar la riqueza cultural de la que somos parte vital.

Lastimosamente, este tipo de historias no se hurgan en los colegios y los estudiantes afroguajiros, que son muchos, hoy día siguen pensando que autoreconocerse como negros es una idea desprovista de cordura.

Debido a eso, aún hoy día siguen tratando de adaptarse al régimen occidental que se nos ha impuesto desde la colonización, no por gusto, sino por la necesidad de ser menos excluidos.

Con todo y aquello, quienes tenemos la fortuna de pertenecer a tal heroico legado ancestral, deberíamos apropiarnos con dignidad de aquellas virtudes que nos hacen únicos, y que, a su vez, se convierten en un galardón inmortal, incrustado en la piel y en los huesos.

De manera que los afroguajiros somos el producto de una lucha histórica, una mezcla de tradiciones indígenas y africanas que fueron acoplándose durante centenares de años.

Por ello, nuestras características físicas son producto de la búsqueda de una libertad que se ganó con sudor y sangre hace muchos siglos. Hecho formidable que debería motivarnos a mantener la cabeza erguida y autoreconocernos como afroguajiros, pero con dignidad.

La Cátedra Afro debería implementarse en todos los colegios de La Guajira, hay mucha historia que debe extraerse de los baúles y los fantasmas del autoreconocimiento siguen haciendo estragos en los más ingenuos.