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Corría el año de 1989, había mucha actividad y las riñas de gallos estaban en auge, teníamos para la época un fortín de animales guerreros, bien entrenados (esa era mi labor), convirtiendo la gallería de Hernández, en sitio obligado para visitar en el pueblo, incluso, tuvo renombre en las grandes concentraciones gallísticas donde fuimos invitados. Llegamos a obtener bajo mi tutela, trofeos al gallo más rápido y más puro.

El viejo Hernández, persona muy conocedora de esa afición, a quien le prestaba oídos a sus enseñanzas y tácticas de pelea de gallos, dentro de los cuales, teníamos de distintas formas de pelear, entre esos, un gallo chino que, al soltarlo al ruedo, se iba encima del otro y con las espuelas cortas, empezaba a darle buen sable, hasta que lo vencía. 

Después de su novena pelea, le dije a mi amigo que, el gallo chino, es el mejor de la cuerda, que era un gallo invencible, respondiendo el viejo: “De todos los gallos que hay aquí, el que más rápido pueden matar es al chino” quedé perplejo y le pregunté: ¿Cómo así?, me contestó: “Hasta un pollo, en su primera pelea, se le abre a ese gallo y lo mata”.

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Sus palabras fueron sabias, sucediendo tal cual, como él, lo había pronosticado. Tanto así, fue la única pelea que salí de la gallera, apenas iniciando la riña, porque ya sabía cuál iba a ser el resultado. Muy a pesar de que ganamos las siguientes 3 riñas, regresamos como perdedores por la muerte del gallo chino, teniendo como consuelo, sus crías, que avizoraban tener la casta.

Traje a colación esa anécdota, porque como seres pensantes, debemos adaptarnos a situaciones difíciles, pero con la plena convicción de que saldremos avante. A diferencia del animal, podemos cambiar de táctica, de proyectos, de lugares, con el fin de cambiar una situación y no ser predecible ante los demás.

Muy a pesar, de estar a un año de una pandemia que ha arrasado con familias, negocios, empleos, produciendo daños irreparables, el ser humano, siempre se ha levantado y ha surgido, incluso, llegando olvidar épocas de destrucción masiva, como lo fue la peste negra que devastó a Europa y Asia en el siglo XIV, produjo más muertes que en la primera y segunda guerra mundial.

El covid-19 se hizo universal, pero cada ser humano, cada familia, cada gobierno, le dio un trato diferente para evitar ser tocado por este enemigo invisible; al que se debe respetar, mas no que, infunda miedo y zozobra. Hoy día, se cuenta con muchos medios para defenderse de tales males, pero en nuestro país, desafortunadamente, no aprendemos del pasado y la tecnología está siendo mal utilizada. 

Sobre la gripe española, en el caso de Elinor Elisberg Miller, una niña que para 1918 contaba con 3 años de edad, referenciaron: “(…) Otro punto remarcable es que Elinor permaneció en su domicilio y no fue ingresada a un centro de salud repleto de personas infectadas en igual o peor condición que ella, sino que se mantuvo tan alejada de los sanos como de los otros enfermos. (…)”.

El método de la convalecencia en casa fue reclamado con urgencia por médicos italianos, cuando en Bérgamo se incrementó el número de fallecidos por covid-19, incluso en otros países también recomendaron ese método. En Colombia, se hubiera podido evitar tantas muertes, por las anteriores razones que tienen mucha lógica y sentido común.

Si una persona va con síntomas de contagio a una clínica y lo remiten a sala covid-19, las posibilidades de que salga vivo, se reducen de manera significativa. Recientemente, observé el caso de una persona muy reconocida en el país, que entró a una clínica por prevención y de ahí salió, para su última morada. 

También es voz populi, de clínicas donde muchos pacientes han ingresado a cirugía y ahí, adquieren una bacteria que les ha producido la muerte. Bajo esa premisa, es recomendable, la convalecencia del covid-19 en casa u otra enfermedad que se padezca y pueda ser tratada en el hogar. Tengan siempre presente: “Al buen gallo, le sale un pollo jugaó” y la pavita anda, con espuelas cortas de carey.