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Espero que estas notas de alguna manera lleguen hasta el gobernante máximo del pueblo colombiano. Inicio diciendo que en términos generales, creo en sus planteamientos para  mejorar la vida diaria de la gente comenzando por el reconocimiento de derechos fundamentales. En la Constitución Política se expresa claramente pero la gente al no encontrar sintonía entre lo que dice la Carta y las políticas gubernamentales, decidió votar por el cambio.

El Presidente pregona el cambio y esperamos que lo logre. Pero no solo puede ser lo referido a la paz total o a que Colombia se convierta en potencia mundial de la vida, ni las medidas de transición energética, ni un cambio en los sistemas de salud y de pensiones, ni una reforma agraria que de tierra a quien si la necesita para que se puedan producir alimentos buscando reducir el hambre a una mínima expresión, etc. Todo eso es indispensable pero también lo son otras cositas y allí radica el porqué de estas notas que llevan la intención de llegar al oído del presidente Petro.

Uno de los grandes males de la Colombia de hoy es la corrupción generalizada. Tan generalizada que la encontramos lastimosamente en todas las instancias públicas y privadas, más en las primeras que en las segundas. De allí que los casos diarios ya no sorprendan. No sorprenden los grandes escándalos como el Cartel de la  Toga donde las altas cortes de la justicia se meten a la podredumbre del fango, ni tampoco los cuellos blancos de Odebrecht, ni los entramados de parlamentarios enmermelados, ni los supuestamente limpios altos funcionarios de Planeación Nacional y la Comisión Nacional de Regalías, ni militares vendiendo armas y datos a  guerrilleros. Ya nada de la corrupción nos sorprende porque la costumbre nos está quitando la capacidad de sorprendernos.

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Y entonces encontramos corrupción en las altas y en las bajas esferas. Los de abajo dicen que si los de cuello blanco lo hacen, ellos, en su pobreza, también lo pueden hacer porque la justicia no puede ser únicamente para los de ruana y así seguimos como si nada pasara. Hasta Rodolfo, el Imputado, visionó este mal como de los mayores del país y la gente, a pesar de él mismo, le creyó y casi lo vuelve Presidente, por encima de la clase política tradicional.

Para atacar este mal tan generalizado que ya parece cultural, digamos que no solo basta con la implementación de medidas disparadas desde el legislativo, porque en nuestro país, aunque parezca mentira, el saber popular dice que hecha la ley, hecha la trampa. Así se ha visto en las diferentes leyes que han tratado de darle transparencia a la contratación pública y siempre terminamos en babia. Pero, no puede ser que los que encuentren caminos a la trampa sean más ‘listos’ que los que construyen las normas. Hay que demostrar lo contrario.

Se requiere además, medidas complementarias para cazar corruptos y estas podrían basarse en normativas del manejo del efectivo donde la bancarización tiene que verse comprometida. No puede ser difícil establecer normas que ayuden a controlar las finanzas personales y la detección de los enriquecimientos ilícitos. La gente ya está cansada de ver los enriquecimientos sorpresivos que tienen muchos funcionarios públicos, y detrás de ello, casi siempre van las conductas punibles. Se requieren normas claras que faciliten la detección del negocio sucio y las prebendas económicas que van y vienen como Pedro por su casa.

Pero todo lo anterior caerá en el vacío, sino cambiamos la mentalidad de la gente. Yo recuerdo, con tristeza, como una familiar adolescente hace ya varios años me decía, en Uribia, La Guajira, que su mayor aspiración de adulta, era ser “como la exalcaldesa Cielo, que sigue siendo alcaldesa aunque otro sea el que esté sentado en el sillón, que maneja la contratación y tiene poder, que tiene carros y casas y hasta reparte aguinaldos todos los diciembres, que salió de la alcaldía con mucha plata y todo el pueblo aún le dice doña Cielo”. Así quería ser ella y muchos de nuestros jóvenes también quieren ser alcaldes solo para apropiarse de los recursos públicos.

Cambiar la mentalidad de la gente del común, tiene que ver con empoderar a la sociedad civil. Poder para participar no solo como establecen algunas tibias normas donde la gente opina por ejemplo sobre los planes de desarrollo regionales y nacionales, sino poder y compromiso popular en establecer veedurías ciudadanas que detecten irregularidades y denuncien. El poder de denunciar es la clave para que los gobiernos obedezcan al querer de la gente.

Por eso le propongo, Presidente, que impulse una campaña educativa nacional, que vuelva más activa a la sociedad civil, que la convierta en veedurías ciudadanas poderosas. Cuando eso suceda habrá menos ‘primeras líneas’ pero seguramente habrá mayores compromisos ciudadanos para alinear gobernantes descarrilados. Hasta el momento en que ser corrupto cauce vergüenza.

En síntesis, Presidente, considero que para atacar los altos índices de corrupción necesitamos no solo fortalecer el aspecto legislativo sino también empoderar a la sociedad civil para que se convierta, en cada vereda y en cada pueblo, en veedora ciudadana al servicio de la comunidad.