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De vez en cuando, según el intermitente grado de amargura que se construya ese día, aquella voluptuosa mujer, cuya separación se originó recientemente a causa de múltiples infidelidades de su exmarido, suele publicar en redes sociales algunas fotos donde exhibe las tetas duras o las nalgas fitness que ha logrado en el gimnasio.

Esta exhibición es con el fin de que su exesposo y otro sequito de mujeres, seguidoras fervientes de su desdicha, construyan diversas teorías donde se argumente lo contrario al infierno que realmente vive por dentro o para comprobarse a ella misma que, a pesar de todo, se encuentra muy feliz, viviendo a plenitud una falsa felicidad que desde hace años dejó de pertenecerle.

Pero la realidad es otra. Noche tras noche, el insomnio la quiebra en cuerpo y alma. En el desvelo demencial, hurga entre solicitudes de hombres foráneos y otros mensajes que buscan seducirla en cuerpo completo, dibujándola y desdibujándola al mismo tiempo, en miles de posiciones y la invención de nuevos kamasutras.

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De inmediato, las publicaciones explotan en comentarios certeros y su autoestima rejuvenece por arte de magia, como si toda su esencia estuviese ligada a reacciones externas y no a la posibilidad de comprenderse ella misma.

El dolor se despeja por unas horas, pero minutos después, se agobia con la misma felicidad quebradiza que experimentan los moribundos cuando están a punto de acabar con su vida mientras ingieren un veneno para ratas.

En otro lado de la ciudad, una pareja protagoniza una batalla campal en la habitación de un hotel, justo cuando celebraban su quinto año de aniversario de bodas.

La esposa audaz, olvidó eliminar los diálogos furtivos que ponían en evidencia la relación clandestina que sostenía desde hacía meses atrás con un compañero de oficina y una hecatombe en reposo despertó cuando el marido descubrió la infidelidad al leer y releer cada mensaje en la aplicación de mensajería, pero las mujeres tienen habilidades innatas para desarrollar argumentos válidos en momentos críticos y al final logró convencerlo de que estaba equivocado, aunque él hubiese estado plenamente de lo contrario.

Esa misma noche, sobre las sabanas rentadas, hicieron el amor como nunca lo habían hecho en los mil ochocientos veinticinco días de estar juntos y para calmar la tormenta, ella subió a las redes sociales algunas imágenes acostumbradas con dedicatorias esplendidas dirigidas a su marido y él terminó creyéndose el cuento.

Lejos de allí, en el perfil saturado con imágenes de superación personal, fotos capturadas frente al espejo y decenas de oraciones a vírgenes fabricadas en Roma, una veterana sufre en carne propia la hostigación del olvido.

A sus cuarenta y cinco años, ha fracasado en dos intentos de matrimonios e insiste en que no necesita a nadie a su lado, pero en el silencio del mundo, la realidad es otra. En las noches sucumbe ante la nostalgia que le produce vivir sola en una enorme casa donde no caben sus recuerdos.

Durante horas, hunde todos sus sentidos en páginas de orígenes dudosos en la red y de vez en cuando suele practicar posiciones lujuriosas con artefactos de satisfacción personal que ha adquirido en Ali express. Al despertarse, lava las sabanas, recita en voz alta los devocionales que le envían otras feligresas de la comunidad y finalmente, termina compartiendo en los estados de sus redes la salutación católica del día.

Quienes acostumbran comentar sus publicaciones diarias y aquellos que no la conocen a fondo, terminan escribiéndole para solicitar algún mensaje motivacional o algún consejo de vida.

La mayoría de las veces, estos mensajes aparecen con regularidad en la parte superior de la pantalla del móvil y aunque se ofusca de momento, tras un movimiento que ha aprendido de memoria brinda de inmediato solución al inconveniente, mientras prosigue dándole forma al hábito de pornografía matutino que adquirió por curiosidad.       

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