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Con lo puesto nos quedamos muchas veces cuando en medio de una conversación sobre temas polémicos nos encontramos con una mofa verbal; la ironía. Después de unos días de aridez escritural regreso a este espacio con el claro parámetro de que cada quien es dueño de lo que calla y esclavo de lo que dice. Como también, que amparado en el derecho de la libertad de expresión las personas podemos expresarnos.

Esta figura del lenguaje ha sido utilizada desde el principio de los tiempos para hidratar y nutrir a la literatura, la oratoria, la publicidad, el periodismo, la pintura, entre otros; ya que provee de sustancia tanto al fondo como a la forma textual.

En nuestro contexto, tanto el vallenato como la cultura wayuu está presente; en el primer caso ha tenido un apego especial a este recurso con el fin de embellecer los versos y/o criticar con flores las situaciones inhóspitas de nuestra realidad. Y en el segundo, salta en el sereno contexto comunicacional indígena para hacer un llamado de atención.

Otro campo, en donde la ironía es protagonista es, en el método dialéctico de aprendizaje planteado por Sócrates; era el dispositivo para abrir el diálogo psicopedagógico desde la cual se podía tomar postura para argumentarla. El teatro, también, recurre a esta forma de expresión para poner de manifiesto lo que hace el personaje dándole consistencia a este en la puesta en escena.

Hoy se considera normal, encontrar las descargas de mensajes irónicos, en las filas de espera, en las charlas entre vecinos, compañeros de trabajo, amigos y hasta entre las parejas. Muchas de estas expresiones vienen acompañadas con un simple: “yo no he dicho nada”, “es un simple comentario” o simplemente se asocia con dichos coloquiales de la jerga social. El análisis de este tema puede partir de las siguientes preguntas: ¿Qué hay detrás del uso excesivo de la ironía en la comunicación? ¿Qué beneficio brinda lo denominado -por el filólogo español Martin Alonso- como el “optimismo del pesimismo”?

Esta es un arma de defensa y ataque que al ser lanzada al aire; de un pequeño dardo pasa a convertirse mágicamente en un paredón para las personas que interactúan en algún proceso comunicativo. Esta impide, obstaculiza, imposibilita y, priva al emisor y al receptor. Es decir, una secuencia de palabras puede hacernos bloquear lo que se escucha y lo que se dice. Es allí donde el hilo comunicacional pierda su esencia: la correspondencia y bilateralidad.

Es necesario mencionar que la ironía bajo del contexto de la sobreabundancia, deja de mostrar sus virtudes, brillo y color en un discurso presentando su lado oscuro, perverso y hasta peligroso. Desde este último espectro, la fuerza de la ironía exhibe las pasiones del quien expresa el mensaje y tiene como propósito mover al otro desde los afectos personales.

El enriquecedor doble sentido para la literatura y los demás campos antes mencionados necesita obligatoriamente un destinatario con actitud cómplice que pueda interpretar e interrogar en el texto irónico desde lo dicho y lo sugerido. Ante la crudeza, el golpe y la burla, el ironista puede anular al receptor y ante la ausencia de uno de los participantes se diluye el proceso de comunicación.

Es así como, los argumentos racionales y lógicos naufragan en el mar picado de las emociones y la opinión por reacción químico emocional se gasifica. Ante esto, se hace necesario recapitular y reivindicar las habilidades blandas relacionadas con las competencias emocionales, asumiendo el desafío de generar un ambiente positivo, propender por el buen trato y enfocarse en el vínculo con el uso de expresiones desprovistas de juicios de valor hacia la persona en las conversaciones o debates.

La ironía es parecida a lo que denota el conejo con su actitud en Las aventuras de Alicia en el país de las maravillas; huidiza para evadir los encuentros, ansiosa por un “yo tengo la razón”, fugaz por el vacío de sus argumentos y apresurada en encontrar su próxima víctima y total perdedor.

Me despido – en primera instancia- con unos apartes del encuentro oneroso de Alicia con la oruga azul: “¿Quién eres tú?”, “Vuelve acá” y “No pierdas los estribos”.

Finalmente, encarnando a Alicia, yo le respondería en palabras de Jorge Drexler:

“Aquí estoy, te traigo mis cicatrices.
(….)
Me encontraras en cada cosa que he callado.”

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