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Caminaba por la calle, sin prisa, sin reparos, solo absorbe su mente, los días desde su infancia, hasta el actual. Aun así, continúa en su afán de alargar su existencia. Agachó la mirada y miró el reloj, pronunciando: “faltan 5 para las 12”. Aceleró un poco el paso, preguntándose:“¿alcanzaré a llegar?” aunque tiene claro, no es diciembre, no es el día 31 y mucho menos, es de noche. 

Al fin, logró sentarse en aquella banca del parque que cuenta con una sombra, producto de una palmera que creció en la parte de atrás de ella. Desde ahí, observó a los empleados públicos, saliendo del viejo edificio donde funciona la Alcaldía, para ir a almorzar, varios de ellos, protegiéndose de los rayos del sol con sombrillas. Al rato, escuchó que alguien comenta: “El mono está, que se pelea solo”.

Dejó caer su cabeza hacia atrás, estirando un poco las piernas, para relajarse. Al poco tiempo, entró en un sueño profundo, donde se hicieron presentes los recuerdos, de la infancia, adolescencia y madurez. De las dos primeras, no tiene objeciones, pero de la última, se preguntaba: ¿Cuándo llegó? ¿En qué momento se convirtió en un hombre maduro? Pero, también, se cuestionaba: ¿Será que alcancé esa etapa?

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Continuó evocando en aquel sueño, los caminos que recorrió en vida, haciéndose interrogantes sobre esta: ¿Será que la gocé? ¿Será que la habré desperdiciado? ¿Será que cambié el rumbo de mi destino? Las respuestas, solo están en él, por lo que retrocedió el caset del tiempo, para sacar sus propias conclusiones. 

En el sueño, llegaron momentos de la secundaria, luciendo buenos trajes de la época, siendo muy hábil en la oratoria, no solo para generar interés en un público, sino, también para sus conquistas. Su caminar como gallo fino en patio para enrazar. Su carisma y amor por la lectura, lo hicieron acreedor del centro de atención de las reuniones, ¡claro está!, la parte femenina quedaba embelesada.  

Así comenzó un ir y venir en sus amoríos. Como en el juego del billar, retacaba una y otra vez a aquella desprevenida u osada y, como un efecto dominó, le tuvieron muchos hijos. Aun así, aprovechando la casta del Camagüey, parecía incansable e interminable en su faena, nunca se incomodó con parecer un gallo padrote.

La educación superior era un objetivo, pero, en el vaivén de hamaca que transcurrió su vida, le tocó suspender varios semestres, hasta que, al fin, recibió el título de abogado. A partir de ahí, le llovieron oportunidades laborales, pero también, el camino para continuar su vida bohemia. Se le escuchaba decir: “llueva, truene o relampaguee, hoy es viernes y, ¡el cuerpo lo sabe!, no nos engañemos”.

Como buen caribeño, residía cerca a la playa, lugar que le inspiraba para escribir poesías, anécdotas e incluso, un libro, que narra su propia historia, se desconoce, si lo finalizó. Por las noches de lunes a jueves, se dejaba atrapar por la magia de la literatura, música instrumental, boleros, soneros de la salsa y, para redondear sus cualidades, era un excelente bailador.

Muy temprano, su cabello se volvió blanco, pero no fue óbice para continuar de galán. A ninguna le ocultaba el gran número de hijos que tenía, era plena advertencia o premonición de lo que le acaecería a la nueva conquista. 

Como todo ser humano, la juventud con el pasar de los años, le fue desapareciendo, las fuerzas minimizadas y, llegó a la vejez, sin él precaver, esa etapa de la vida. Aquellos que lo observaban en la banca dormir, lo vieron fruncir el ceño varias veces. Además, con el sol reflejado en el rostro, debido que, la sombra inicial que daba en la banca, se había trasladado hacia otro lugar.

Señor, despierte, le está dando el sol, le dijo un joven. Él, abrió un ojo y respondió alzando el dedo pulgar. El muchacho, avanzó y se devolvió a preguntarle: ¿Por qué no abrió ambos ojos? Este, le puso las manos en el hombro y le dijo: “Toda mi vida, creí tener los ojos bien abiertos al mundo, pero, hoy sé, que con uno solo, era suficiente, para verlo realmente”.

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