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En casi todos los partidos existen hombres aprovechables. Lo que no tiene cura es el sistema de los partidos -control con los avales-, que no permite escoger a los más experimentados que pudieran con la exactitud de una ley universal, lograr para su comunidad entre lo bueno lo mejor para un bienestar colectivo.

Y dentro de esa intención no hay política posible, ni historia posible, ni Nación posible, si cada cuatro años se pone todo en revisión con motivo de unas elecciones, para cambiar lo que está marchando bien, por lo que produzca cambios y lo desmejore.

En unas partes, el continuismo de gobiernos compartidos han sido muchas veces prenda de garantía de una transitoria paz social. Es el caso de una revolución que ha impuesto sus principios y se ha mantenido en ellos durante cincuenta o sesenta años, mediante la sucesión en el poder de dirigentes ungidos por el derecho de la revolución misma.

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De no ser así, todo esfuerzo es inútil, pues en cuatro u ocho años no da tiempo a realizar, si no existe planes muy bien estructurados para realizar los cambios necesarios sin incomodidad, ya que el juicio simple de las masas tiende siempre a recibir lo bueno de cada tiempo como cosa natural y gratuita, y lo malo como consecuencia de la torpeza de los gobernantes.

Nunca se juzgan los gobiernos por lo que han hecho, sino por lo que han dejado de hacer. De esta manera, como nadie en el mundo es capaz de hacer todo lo imaginable, nadie está libre de que la crítica se ensañe con lo que no hizo. 

Esta crítica de lo que falta, este llover por lo que no se hizo y queda, es el mejor resorte del conjunto de falacias, injusticias y mentiras que se llama la ‘propaganda electoral’. Las obras buenas realizadas en una comunidad, no serán nunca reconocidas por los irresponsables demagogos que tengan la dirección de algunos partidos o movimientos políticos, ni mucho menos por los inconformes en todas las tabernas y tertuliaderos de todos los pueblos.

De esta forma de activar la política, se revisten todos los demagogos para ganar votos excitando las pasiones de los electores. Hay drogas políticas como el populismo del Socialismo Siglo XXI, que a caso no hubieran llegado a nacer, si no hubiesen sido requeridas por un candidato, en trance electoral, para seducir la sensibilidad de las masas votantes, ya acaso embotadas por el abuso de otras drogas políticas envejecidas.

Con el nuevo Código Electoral, se convierte nuevamente al país en un campo de experimentación cada cuatro años de todos los ambiciosos, logremos y farsantes; sobre una masa popular ingenua, tierna, fácil en su mayoría a la credulidad y a la frustración, se permite la avenida de todos los colectivos electorales, diestros en el teje maneje del chantaje y la mentiras.

Unos candidatos saldrán triunfantes, y otros vencidos; de unos y de otros se sabrá poco hasta las próximas elecciones; pero detrás de ellos habrán quedado una gran cantidad de votantes intoxicados, personas sin alivio posible, porque los demagogos, para lograr su propósito alimentan el rencor con promesas de milagrerías irrealizables, que después de las elecciones no pueden cumplir.

Todo esto se tolera, simplemente, porque el Estado, que tiene este sistema, no cree en sí mismo ni en su propia gestión justificante, y para hacer indultar la injusticia de existir de esa manera, tiene que utilizar nuevas estrategias, con tácticas dilatorias con un nuevo sistema electoral, para demostrar en ‘democracia’ su propia existencia, en un turbio juego a la ‘suerte’ en las urnas.