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En mi vida he sido facilitadora, predicadora y desarrolladora en diferentes escenarios. Nunca había tenido un público como el de aquel día de julio del 2016.  29 pares de ojos masculinos me escaneaban sin misericordia.   

Tomé posición de poder, sonreí con todos mis dientes y dije: ‘muy buenos días…’  Apenas transcurría mi primera parte del día 1 de 5 que estaría allí,  y ya el saboteador quería dejarme en ridículo. No lo dejé.

En el break le pregunté ¿por qué estás tan enojado? Tocándole los hombros le dije: Yo sé como ayudarte, ¿me dejas?

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Seis meses después llegó la solicitud de ayuda. Un largo proceso que empezó con el perdón a su mamá, que aunque fallecida, llevaba 3 años despertándolo cada noche y ‘terminó’ -nunca termina- con la restauración de su hogar con la mujer que ama y sus hijos; de quien llevaba 8 años divorciado.

No fue fácil ver un hombre de 47 años llorar como un niño, sin poder pronunciar las palabras “perdóname mamá y mamá te perdono”; literalmente se le torcía la boca, era físicamente imposible. Con ayuda del cielo intentamos una y otra vez, hasta lograrlo.

Por fin una sonrisa genuina en casi un año; si así fue el rostro, ¿se imaginan el alma? “Es el mejor regalo que me han hecho en muchos años, por fin pude dormir, hasta soñé bonito con mi mamá. Gracias…” Lo que más me sorprendió es que fue la primera vez que la llamó mamá, siempre decía su nombre. 

El proceso con sus hermanos lo hizo solo. Intentamos varias veces hacer que funcionara el matrimonio en el que estaba, hasta que me di cuenta que no funcionaría, no la amaba. Terminó. 

Su odio por la exesposa, era solo amor disfrazado, debía sincerar su alma. Este si que fue un proceso difícil, solo yo veía el amor que había en sus frases: “La voy a matar, no la soporto, la  odio, la desprecio”. El día que le dije a la cara: “si no perdonas a esa mujer te vas a morir, porque ella es la mujer que en verdad amas”, me dijo una frase irrepetible y se fue de la consejería, gritándome que yo estaba loca. “A esa mujer no la voy a perdonar jamás” me dijo.

Estuvo a punto de convencerme de estar equivocada. Pero un día me dijo: “si eso es lo que me va a salvar la vida intentemoslo”. En muchos intentos no podía. El cielo me la trajo a ella en busca del mismo medicamento, 8 años de dolor, rencor y frustración, me dejaron ver que a ella le pasaba igual: también lo amaba y sus hijos anhelaban a sus padre juntos.

Cada intento era frustrante, había demasiado que perdonar. Llegó el buen día en que se superaron a ellos mismos, echaron en un cajón el orgullo y dejaron trabajar al amor.

Creí que al comer perdices serían muy felices. No. El proceso de perdón, requiere tiempo, amor, determinación, coraje. No sé cuántas veces echaron todo a la basura, solo se que las mismas, pedimos ayuda divina y lo volvimos a intentar. Hoy están juntos, pelean, pero juntos.

Aceptarnos tal cual somos, sin pretender cambiar al otro y buscar ser mejores seres humanos cada día, eso es AMOR. Lo demás es manipulación. “Ama a tu prójimo como a ti mismo”. Esta es la base de todo, sea con tus padres, hijos, [email protected], amigos, vecinos, famila, etc.

 Asumir que nosotros también fallamos, igual que el otro; entender que en la mayoría de los casos, no queremos hacer el daño que hacemos o nos hacen es el primer paso hacia el perdón genuino. “Padre, perdónalos, ellos no saben lo que hacen”.  El segundo es confesar nuestro arrepentimiento y/o nuestro perdón y trabajar cada día para que las palabras se vuelvan hechos. “Perdona nuestros pecados, así como nosotros perdonamos a los que nos ofenden”.

En tantos años formando, aconsejando, instruyendo, he visto la victoria de este medicamento, sobre toda enfermedad del alma. Digo que es la fórmula perfecta.

La Cruz, no es símbolo de sufrimiento, es la más encumbrada demostración del amor: el perdón. Morir a ti mismo, para dar vida a muchos. Eso es Amor.

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