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Hace algún tiempo uno de mis grandes amigos del bachillerato, nos comunicó a los compañeros de la promoción sobre la conmemoración de las bodas de diamante del Colegio Liceo Nacional Almirante Padilla. Vivía en Valledupar por aquel entonces y no dudé en viajar a Riohacha para el reencuentro.

Uno a uno, quienes en esa época parecían mujercitas ávidas por crecer y jovencitos escurridizos, fueron apareciéndose con el peso marcado de una adultez sin tregua, adquirida con rigor en la medida que galopaban los años.

Justo esa tarde, ingenieros, abogados, arquitectos, contadores, odontólogos y decenas de profesiones más, se juntaron en una misma geografía de vivencias y recuerdos imposibles de olvidar. Antes de la marcha, nos abandonamos en la nostalgia de años maravillosos, excavando en el pasado algún recuerdo en común que nos hiciese sentir nuevamente estudiantes de bachillerato.

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En aquella época, iniciábamos las clases a las seis y treinta de la mañana y terminábamos a las doce, después de los tres timbrazos anhelados. Había un descanso de treinta minutos y en el enorme laberinto social, las mujeres más solicitadas por el amor se reunían para transmitir el conocimiento a las otras menos expertas. Los jovencitos más apetecidos transitaban por los corredores, seleccionando a ojo de halcón una nueva conquista.

Las ausencias de los profesores originadas por diligencias médicas, se aprovechaban para jugar fútbol toda la mañana. Los más gallardos y de ocio absoluto, trepaban la pared monumental del patio y escapaban al exterior sin autorización.

Algunos aprovechaban para divertirse con los videojuegos del “vecino” en la calle once, hasta que las palancas originaban callos en las manos o hasta que algún familiar imprevisto terminaba sacándolos por las orejas. Otros preferían ir a la playa con la mínima pretensión de ser felices un rato, pero terminaban quedándose a vivir en ese rincón de felicidad hasta que el sol les quemaba las espaldas.

Los menos dinámicos y con toscas facultades para la interacción social, solíamos sentarnos durante el descanso en uno de los jardines eternos del Liceo. Soñábamos con crecer algún día, sin saber que crecer, sería considerada como la peor enfermedad de la humanidad muchos años después.

De repente, el universo onírico terminaba cuando el ruido eléctrico del timbre nos regresaba nuevamente a la realidad. Fuimos creciendo en medio de actos cívicos a pleno sol, banderitas por el buen comportamiento, bazares culturales, merengues de Rikarena y Kinito Méndez, batallas campales con los estudiantes del Livio y la Divina Pastora; y riñas imprevistas entre los mismos compañeros del salón, cuyo pleito inicial terminaba forjando eternos lazos de amistad para toda la vida.

Mientras disfrutábamos varias rondas de cervezas heladas bajo el agobio de las lámparas de la calle primera, se echaron de menos las trampas en los exámenes de matemáticas y la voluntad de hierro que poseían los profesores cuando nos dedicaban su vida en cada tramo del aprendizaje escolar. Año tras año, notamos como la inmortalidad se distanciaba de ellos y fueron consumiéndose lentamente en la medida que la juventud se les escapaba de las manos.

En el desarrollo de las clases no existían distractores tecnológicos como los que inundan las instituciones educativas en la actualidad. Hablábamos más y escribíamos menos. La mayoría de los deberes para el hogar, se resolvían con el préstamo de libros en la Biblioteca del banco de la República cuando la insuficiencia de material bibliográfico en casa nos obligaba.

Las diferencias irreconciliables, aunque por lo general solían concluirse mediante un trato brusco en la salida, al mismo tiempo brindaban la oportunidad de hacernos más tolerantes y menos excluyentes.

Esa noche la memoria embriagó las pocas horas que estuvimos juntos. Recordamos al inmortal Agustín Melo y las infinitas clases de inglés; a Jairo Ortiz, sus zapatos impecables y esa manera magistral que tenía para describirnos la historia del mundo.

También, en ese corredor de nostalgia, tropezamos con Berenice Pimienta, su fragancia de vainilla y la clase de humanidades; con Fredy Bolaños en medio de su clásico misterio numérico y el profesor Wilson inundado hasta el alma de fórmulas físicas incomprensibles. Por ahí mismo, recordamos a Emironel Salinas y su bigote mágico; y el temple formidable del profe Efraín Deluque cuando forjaba nuestro carácter.

Al regresar a casa ese día, pensé en la nieve imaginaría que descendía todos los viernes sobre la estatua del Almirante Padilla después de la clase de deporte y en los animalitos de luz que solo podrían apreciarse al finalizar la última materia del día; y quise recobrar el idilio de aquel Liceo maravilloso, en cuyas aulas y corredores fuimos inmensamente felices sin saberlo.

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