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Al interior de todas las familias pueden ocurrir cambios que desestabilizan, situaciones difíciles para las que no se está preparado. En todos los hogares hay fortalezas y debilidades, secretos y silencios que sellan la realidad, espacios donde muchas veces se oculta violencia psicológica o física que magulla el sentir de hombres y mujeres.

Aunque para algunos el concepto de violencia al género masculino, es objeto de burla. Sí, los hombres, aunque en menor medida que las mujeres, también viven la violencia. Hay un sin número de varones atravesando el calvario de la infidelidad y se quedan conservando lo que no existe, esperando lo que no va a llegar.

Los hogares se conforman con parejas enamoradas, en la convivencia, con el tiempo, afloran conflictos amparados en carencias, patrones conductuales dependientes que lleva cada uno en sus maletas emocionales, esas que llenaron de aprendizajes en la niñez, en la relación que establecieron con padres, cuidadores y/o familia nuclear.

La cultura también atraviesa los aprendizajes a la hora de establecer vínculos, pues La Guajira está preñada de múcuras rebozadas de machismo y estigmas de tolerancia a la humillación y la violencia psicológica. Tinajas llenas de miedo, verdugo, enemigo silencioso que no distingue géneros, decapitante emocional que se levanta henchido, compinche de violentos y manipuladores.

Una vivencia cultural a flor de piel, es la interpretación que se le asigna a la cita bíblica de Proverbios 14:1 “la mujer sabia edifica su casa, más la necia con sus manos la derriba”. Adjudican la sapiencia en dejarse humillar y hacer silencio para no desatar la ira de su esposo. O, en aceptar infidelidades ocasionales o relaciones paralelas, porque debe atenderle mejor y en silencio para sostenerlo a su lado.

Ser sabia es cimentar disciplina, valores, respeto. Es enseñar a esposo, hijos, hermanos, suegros, cuñados, amigos y vecinos, cuánto vales, es cimentar hogares de igualdad, de amor, amabilidad y resiliencia. No atiende el pasaje bíblico a dejarse humillar, a reptar para sostener pseudos matrimonios, a recibir migajas emocionales. Ser sabia consiste en edificar entornos sanos para nosotros y nuestros hijos.

Comprendamos un poco qué significa eso de crear vínculos y cuánto define quienes somos.

Los vínculos son las relaciones afectivas que establecemos con los demás, allí expresamos nuestras emociones de amor, enfado, amistad, depresión, angustia, etc., con un sello diferencial para cada persona, indicando estas relaciones, nuestros rasgos de personalidad.

Todos desde que nacemos creamos apegos afectivos, los primeros vínculos se forman durante los dos primeros años de vida cuando el bebé busca protección, atención y adaptación a sus necesidades en padres o cuidadores.

Si el bebé tiene padres ausentes, agresivos o evitativos, es decir que no asumen sus compromisos frente a la crianza, establece patrones inseguros que se verán reflejados en la forma como el adolescente o el adulto entablará relaciones, sobre todo las de pareja.

John Bowlby padre de la teoría del apego define que “la psique humana, al igual que los huesos facturados, tiende a la recuperación”. Indica esto que aunque la persona haya tenido una niñez herida, no tiene que repetirla en sus hijos, puede modificar la forma de establecer vínculos.

Para ello, es prioritario conocer y entender la historia propia, perdonar, sanarse y elegir qué o quién quieres ser, sin importar cual haya sido la historia de los padres, sus equívocos o sus carencias.

Por su parte Di Bartolo (psicóloga clínica), para referirse a los apegos, expresa: “Uno pude echar al diablo de su jardín, pero puedo encontrarlo en el jardín de su hijo”. Manifiesta que puedes modificar tú forma de crear vínculos, pero pudieses habérselo transmitido a tus hijos en sus primeros años de vida.

En este sentido, puedes cambiar los patrones afectivos y de conducta, rompiendo la cadena de trasmisión transgeneracional, llevando a tus hijos a un plano de salud mental, a vivir relaciones más confiables, estableciendo apegos seguros, haciendo que los miedos caminen por la otra acera.

Porque cuando los miedos se mecen, la razón se entorpece, los apegos afloran, la inseguridad abraza, la valía se fragmenta y los lazos generacionales de violencia, agresión y maltrato que han atrapado a Colombia durante décadas, se estrechan asfixiando la salud emocional.

Y es que uno no se muere cuando deja de latirle el corazón, uno muere cuando los miedos se mecen y dejas de creer en ti mismo. ¿Y tú, cuantas veces te has muerto?

¿Cuántas veces se han columpiado los miedos y has entrado en la jaula emocional?. A.S.

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