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Me he preguntado en estos días de obligado confinamiento muchas veces, cuál es la verdadera razón de este afán de querer decir siempre algo. De esa permanente idea por enfrentarme a las cosas injustas, de ese malestar creciente al ver tanta desigualdad social.

Siempre tuve en efecto el afecto y convicción, de que escribir tenía alguna significación útil ya para el presente o bien para el futuro. Y con esta forma de pensar; resulta que un día en este obligatorio aislamiento reflexioné y acometí la tarea de exponer lo que siento.

Yo no sé, si en verdad vale la pena escribir, cuando se vive en una sociedad sacudida por los más absurdos, desatinados y necios conceptos, donde el tener ha desplazado en todo los sentidos el saber.

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Se habla en forma permanente de un desbordamiento de toda clase de delincuencia. Y a decir verdad que atracos, robos, estafas, tráfico de estupefacientes, secuestros, chantajes y homicidios; pero lo que está a la orden de día, con los temores y angustia que generan tanto o más malestar que el Covid-19 en nuestra sociedad, es el delito de la corrupción.

Hay temores, que son inonimados, irreales pero el que está viviendo el país es real, afín y preciso. No es ya un desaliento oculto, sino un fijo sosiego a todo lo que estamos viviendo, y tiene por ello plena excusa y justificación.

Existe el temor de anticipo y presagio de fracaso para la gente decente de conducta recta y justa; a que no haya lugar para el ánimo, la oportunidad, la confianza, a que se desbaraten la premisa de un Estado Social de Derecho, a que el Ejército en su misión se desprestigie más y no ejerza la función, que es la salvaguardar la soberanía Nacional.

De lo contrario que su existencia vaya encaminada a custodiar intereses y bienes ocultos y prestigios dañados y dañinos; a que se pasen desapercibidos e ignoren, por no ser o pertenecer a alguno de los partidos corruptos tradicionales, a que tengamos que seguir aceptando en los cargos a los mayores promotores de la corrupción, auxiliado por una clase política corruptora de conciencia vende pueblo.

Existen suficientes motivos para sentir miedo, cuando un alto porcentaje de la población colombiana ha perdido el respeto y temor a las normas legales vigentes a la pena, por la ambición desmedida de enriquecimiento ilícito a través del delito que más propicia la impunidad: la corrupción. Y ello porque la mayoría de los corruptos saben que quienes se sitúen al margen de la ley serán liberados y eximidos la mayoría de las veces por falta de pruebas de toda responsabilidad penal.

La impunidad se ha institucionalizado y la gente honrada compite con notable desventaja. El corrupto es tratado de señor y moralista de loco. Hay delincuentes de cuello duro, de refinados modales y de estructura ideológica criminal delictiva definida.

Los hay burdos e incultos que sin medir las consecuencias de su delito, defraudan en los cargos públicos a las arcas del erario, muchas veces para cumplir con las ordenes de su jefe político. Y es que el fenómeno de la corrupción no es simple, variados aspectos inciden en él y aún cuando no es un fenómeno único de funcionarios públicos, es con mayor tendencia.

El que lo comete en variados tipos y formas. ..Combatir la corrupción es una tarea en la que todos estamos directa o indirectamente involucrados. Si todos tomamos conciencia, de luchar contra este mal que a unos pocos en su ambición  beneficia, algo puede hacer cada uno de nosotros en uno u otro punto para erradicar ese mal que aqueja a toda una comunidad.

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