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Uno de los más extraños y difíciles factores de entender , es el creer que el ocaso de los años algún día pueda alcanzarnos a nosotros como a los demás. Y si  enfrentamos la realidad, la conclusión es que todos queremos llegar a viejo, pero ninguno quiere serlo.

La actividad en que el hombre recrea el oficio de envejecer, es el intentar luchar contra los males que nos aquejan, y saber negarse a tiempo los placeres que debilitan el cuerpo y confunden el espíritu. No es suficiente con atar al recuerdo de una juventud ida, las aventuras de amores nuevos que puedan tenerse. 

Pues el corazón en ese sentido es un cazador solitario y como un gitano puede sin triangular altura ni distancia, amar cuantas veces el amor se presente, desde luego si aceptamos que el amor no se define, y que es un concepto dialéctico, para querer y amar de diferente formas y maneras.

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Muchos sin poderlo creer nos asustamos, viendo en un espejo nuestro rostro, al darnos cuenta que nosotros los de entonces ya no somos los mismos, ni en nuestro físico ni en nuestro forma de actuar. Y por mucho que tratemos de escapar de ella, sin darnos cuentan, otros nos hacen ver que nuestra vejez ha comenzado.

Las fuerzas siguen sin mucha alteración y el espíritu gozoso, pero nuestros cambios por lentos que sean, apenas nos damos cuenta de la evolución del mismo modo de los cambios producido en el tiempo, por las cuatro estaciones del año.

Solo cuando miramos, en personas de la misma edad, hombres y mujeres su fisonomía, es cuando nos damos cuenta en verdad, lo que sucede en nuestro cuerpo y en nuestro corazón, pues las arrugas en el rostro por pequeñas que sean, ante los ojos de los demás es así como las canas sinónimo de vejez, aun cuando con coquetería discretamente digamos que esas prematuras canas son parte de nuestra personalidad. 

La línea de nube de la juventud, para que quede atrás, está cercana a los cincuenta; pero no por ello quienes la atraviesan, por sólido, fuerte y alerta que se hallen, conocen al traspasarla el ligero malestar de la desesperación y desaliento al saber que ya no son tan jóvenes. Pero su amargura se agranda cuando escucha a una muchacha decir: «está loco, no se da cuenta que está viejo para enamorarme».

Esas frases me pusieron a pensar seriamente, pues fue a mí a quien se las dijeron por estar de enamorado dándomelas de pica flor, pues teniendo una edad, que hace tiempo sobrepasó la sombra de la juventud , vanidosamente, en vez de estar ilusamente de enamorado, debo hacer al igual que Stendhal, una lista de las mujeres que en mi vida he amado y recordarlas con agradecimiento y mucho amor.

Sin embargo, viene a mi memoria como consuelo al escribir estas líneas, las frases de Andrea Maurois «la edad no tiene importancia, cuando hay un corazón que no quiere envejecer».

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