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Durante el primer semestre de ingeniería de sistemas, el impulso de regresarme a Riohacha antes de culminar el periodo académico, resultaba imperioso y tremendamente seductor.

Sin embargo, la sensación de abandono originada por mi condición de forastero, suavizaba el terreno en la medida que conocía a otros estudiantes en similares o peores condiciones económicas a la mía. Poco a poco, la idealización del retorno desapareció y empecé a tener plena conciencia sobre los asuntos más formidables del mundo.

Justo en ese momento, añoré como nunca, algunos aspectos de mi vida como bachiller desaforado y culpé al cuerpo por rendir tributo al tiempo con tanta facilidad. La sensación de crecer no había sido tan impetuosa como entonces.

Recién llegado a Valledupar, durante las peripecias iniciales de supervivencia universitaria, la vida transcurría con lentitud. Los primeros días del mes, disfrutaba de las posibilidades que brindaba el dinero de mis padres, un buen arroz de menudencia de la avenida Fundadores, un par de chorizos esplendidos en el sector de Garupal o quizás varios patacones rellenos en el barrio Panamá.

Incluso, podría pensar en el abordaje de las dos rutas del bus hacia la habitación donde vivía, sin sufrir ningún tipo de culpabilidad mental por permitirme aquel gasto innecesario.

Sin embargo, las tormentas de fotocopias se empecinaban en sabotear aquel paraíso de felicidad y poco a poco la economía terminaba postrada en cama antes de llegar el fin de mes, entonces debía arreglármelas como pudiera. Las monedas ocultas en los lugares más visibles brillaban con luz propia y los pocos billetes que sufrían el exilio entre las hojas de los libros de literatura hispana, reaparecían como ángeles enviados de Dios.

En la rutina de universitario marginal madrugaba un poco más para caminar dos horas diarias hasta la “Popular del Cesar”. Dormía una siesta en el salón de bilingüismo y almorzaba arroz con una colcha de queso duro que preparaba desde la mañana, cuando el rustico sistema web decidía castigarme todo el semestre con algún horario partido en la semana.

En la medida que desarrollaba las clases, coincidí con algunas realidades precarias de otros Guajiros. Muchos de ellos, sin temple para afrontar las desavenencias que produce estudiar lejos de casa, decidieron abandonar el impulso y terminaron devolviéndose sin pena ni gloria a sus lugares de origen.

Esperaba con ansiedad los últimos meses del año para deleitar el alma con las cancioncitas de navidad que desde noviembre revientan las emisoras locales. Cuando mi madre llamaba para identificar los pormenores de la vida universitaria, desviaba la inquisición y terminaba narrándole a detalle que tan espectacular y gratificante, consideraba en esa etapa de la vida, estudiar lejos de casa, aunque solo fuese por salir del paso.

Uno de esos días, mientras forzaba la casualidad de tropezarme con algún rostro conocido en la puerta de la UPC para completar los pasajes, advertí a otro compañero desarrollando el mismo ritual. Por extrañas razones que aún desconozco, decidí completar sus pasajes con mis monedas y yo terminé caminando dos horas hacía mi casa, a pleno sol y sin desayuno. La nostalgia de volver a Riohacha, ahogaba en las noches. En ese deambular, advertí miles de realidades divergentes. Estudiantes que despilfarraban dinero en los descansos y otros que no teníamos para las fotocopias. Algunos con nuevos dispositivos móviles cada mes y otros soñábamos con comprar uno cada dos años.

Por aquella época, tropezarse con otro Riohachero en medio de esa avalancha de culturas disparejas, brindaba la posibilidad de sentirme nuevamente en casa. Conocí a un estudiante de ingeniería electrónica proveniente de Fonseca, que reparaba cargadores de laptop para sobrevivir, también a una futura enfermera de Barrancas, quien solía transportarse en bicicleta, no tanto por salud sino por necesidad.

Al mesero de Villanueva, durmiéndose en plena clase debido al trasnocho inclemente de sus turnos y al estudiante invisible, bendecido por los ángeles con la facultad de  aparecer a tiempo únicamente en las fechas de parciales y ganarlos por arte de magia.

Cuando terminaba el semestre, las calculadoras parecían señoritas apetecidas y fueron los aparatos más utilizados hasta que a alguien se le ocurrió incluirlas en los teléfonos móviles. Sin embargo, desde allí los cálculos siguieron el curso desaforado, esperando un milagro numérico que sirviera para cumplir con el promedio, un tres salvaba la vida.

Afortunadamente, para quienes que se encuentran lejos de su casa, navidad es una criatura longeva y todos los años reaparece rejuvenecida. Durante las vacaciones, disfrutas de las tres comidas a tiempo, aumenta el peso corporal que se perdió por el desasosiego del semestre, se reducen las caminatas y por fin dejas de gastar dinero en fotocopias. Sin importar las adversidades, el aprendizaje es fundamental. Quizás por eso es que las jirafas no tienen alas.

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