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El fenómeno migratorio originado entre las fronteras de Colombia y Venezuela, no es un hecho reciente ni mucho menos un incidente fríamente calculado. En la década de los 70, atraídos por el petróleo, millones de colombianos provocaron un flujo migratorio sin precedentes hacia Venezuela, quienes buscaban mejorar su calidad de vida.

Durante el mandato del presidente Hugo Chávez, entre las causas más notables de este ávido incremento en el proceso migratorio, afloró el recrudecimiento del conflicto armado interno en nuestro país, la nueva bonanza petrolera en territorio venezolano y las influyentes políticas sociales del gobierno. Decenas de años después, debido a la crisis diplomática entre ambos países, miles de colombianos fueron expulsados violentamente desde Venezuela.

En la actualidad aquel acto incompasivo del Gobierno Bolivariano sigue siendo un episodio oscuro en la memoria de la patria, y la inmigración, procedente ahora desde el mismo país que fue verdugo en otro momento, lejos de ser un “fantasma sin memoria”, incorpora dentro de sí misma un prolífico impacto socio-cultural de gran envergadura, que aún nos cuesta comprender, tanto a colombianos como a venezolanos.

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Desde esta nueva realidad, la interculturalidad debería ofrecernos una convicción renovada y mucho más humanista de aquel fenómeno, en gran parte porque, la esencia del concepto apunta a la construcción de una sociedad mucho más equitativa, fundamentada desde la sana convivencia; y desmitifica de manera rotunda, el hecho de que alguna cultura pueda llegar a considerarse superior a otra (colonización).

Afrontar este escenario, desde el “etnoeducar” como discurso socio-cultural, podría entrever una respuesta certera a la vértebra de los procesos y/o escenarios migratorios sin importar el contexto, y no solo al campo de la educación propia y otros aspectos culturales de las diversas comunidades étnicas como estamos acostumbrados a reconocer dicha práctica.

De esa manera, la concepción del diálogo intercultural, en nuestros tiempos, arrojaría una política con matices muchos más humanos ante la inclemente “deshumanización”, en cuyos casos extremos, terminan sometidos los inmigrantes, sin importar la procedencia.

El reeducar, por su parte, es una decisión selectiva que puede prolongarse años para que llegue a la cúspide total de su desarrollo. Cuando se “reeduca”, damos por hecho que existe un proceso previo de educación, que para bien o incluso para mal, ha fortificado las bases de nuestro conocimiento y nuestras acciones.

Sin embargo, desde mi perspectiva, forjar un pensamiento basado en la horizontalidad, más que una simple teoría de enciclopedias, representa uno de los requisitos fundamentales que debería poseer un sujeto intercultural y es precisamente el dilema al que muchos ciudadanos se resisten.

Berlin Alexanderplatz es una novela escrita por Alfred Döblin en 1928 y publicada por Samuel Fischer en Berlín en 1929. Recientemente fue llevada al cine por el director alemán Burhan Qurbani.

La historia de este filme se desarrolla en Berlín de los años 20, específicamente en “Alexanderplatz”, un barrio de clase obrera, ocupado en su gran mayoría por inmigrantes. Durante el desarrollo del guion, se vislumbra la lucha de Franz Biberkopf, el protagonista, por tratar de “encajar” como “hombre nuevo” en un escenario que lleva como telón de fondo las consecuencias de inmigración procedente del continente africano.

Marginalismo, falta de oportunidades, deshumanización, explotación laboral, xenofobia, son varios de los aspectos que socavan la voluntad de temple del personaje, quien, en las primeras horas de la película, se enfrenta a la delgada línea entre la legalidad y lo clandestino, hasta que finalmente termina perdiendo un brazo durante un forcejeo con un narcotraficante y aquel hecho hilvana en su espíritu el sentimiento más oscuro de amargura que puede abrigar un ser humano.

El abordaje de la inmigración que salpica el largometraje, nos permite identificar el desprecio más infame que una cultura puede sentir sobre otra. Aunque existen estudios que explican a fondo los beneficios de la interculturalidad en un contexto social, generalmente estas investigaciones pierden vigor ante el declive de una sociedad que se resiste al hecho de “dignificar al extranjero” o “otorgar algo de bienestar a un simple desconocido”.

Es muy probable que si “etnoeducamos” desde la inmigración y desde las diferencias étnicas y/o culturales, en un futuro los ciudadanos en pleno desarrollo, terminen adoptando una posición más intercultural y menos colonizadora, más humana y menos “verduga”. Por ahora, aquella realidad resulta una utopía sin precedentes, teniendo en cuenta la actual “salvajidad social” y la eterna lucha de clases que se experimenta en el mundo.