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Injuriar y calumniar a una persona en nuestro medio es lo que es; es decir, ser poca cosa. Eso es lo que piensa la mayoría de la gente, gracias al formidable concierto que las redes sociales, los periódicos, las agencias de información, la radio y la televisión, que tratan de dar a conocer sus opiniones con relación a tal o cual hecho, sean estos verdades a medias o una calumnia en su conjunto.

No es posible que esto pueda seguir sucediendo en un país que con insistencia teórica, se nos repite que es democrático. La honra de las personas después de dañada no puede repararse con un simple «nos equivocamos y rectificamos la información», cuando ya el menoscabo está realizado.

Los medios de comunicación social no pueden en manera alguna amodarzarse, ni encarcelar a los periodistas por decir verdades; pero tampoco se puede dar informaciones con el único propósito de hacer noticia sin importar el daño o perjuicio que pueda acarrearse con una información o noticia alejada de la realidad.

Así mismo los organismos de seguridad estatal, no deben seguir aportando en algunos casos como lo están haciendo pruebas precarias, solamente en el afán de hacer noticia o aparecer como redentores de la verdad y la justicia.

En esta enajenada chaladura colectiva en la que ha caído el país; condenando ahora todo lo que antes era permitido, acogido y compartido, son pocos los que escapan a la complicidad de los actos delictivos. La comunidad los conocen ampliamente y sabe de su posición intransigente frente a estos hechos corruptos, deshonestos y desvergonzados.

Es tan bella la profesión de periodista, que a más de digna lleva constantemente a una profunda tranquilidad de espíritu, cuando se está convencido plenamente de haber hecho las cosas bien y estas salen mejores.

No le corresponde al periodista en manera alguna, sancionar o condenar a una persona por muy equivocada que sea su actitud en la sociedad. El periodista es a mi modo de ver, un denunciante permanente de las cosas que suceden en la comunidad, sean estas buenas o malas, es un guardián de la realidad, es un hacedor de opinión pública.

Pero jamás debería al escribir un artículo en un periódico, revista, redes sociales o emitir en la radio, televisión un dictamen condenatorio o absolutorio, esgrimiendo una patente de corso para convertirse en un juzgador. Un país sin Justicia es un país anarquizado. Y un país desorganizado y confuso, es un país con una acción de gobierno incoherente e inoperante.

La ausencia de una moral social, de conducta aceptada como sistema de comunicación de entendimiento, no puede en ningún momento hacer carrera en nuestro medio. Aún estamos a tiempo de reflexionar. Y el periodista, el comunicador social son unos de los principales impulsores de la profilaxis en la comunidad; sin entrar a juzgar, pues para eso están los jueces. A ellos corresponde administrar justicia, sin que sean desplazados de sus funciones por los medios publicitarios.

Las censuras o fallos morales, son simples retóricas de una sociedad en decadencia. Colombia requiere una sociedad y no meramente grupos humanos diversos, que en visión coexisten pero no conviven.

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