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Una educación auténtica produce aprendizajes duraderos y significativos que se caracterizan por un entorno cultural e histórico; la convivencia de sus actores reconfigura el sentido que sirve de horizonte a la comprensión e interpretación de las cuestiones que se debaten e interrogan; vale preguntarse ¿cuáles son esas cuestiones?, los métodos, contenidos, relacionamientos, modelos o enfoques pedagógicos, el momento histórico; ¿los sistemas de evaluación?, en fin,…

Como docentes buscamos la ‘transformación’ del ser humano para que satisfaga las necesidades de una comunidad, cuya finalidad es un mejor vivir; es hora de ir dando respuestas a esos interrogantes. Aunque no logremos conciliar los intereses, por lo menos se crea una ‘plataforma’ que permita dilucidar estas temáticas, sin tener la verdad absoluta.   

Kohan (2004) considera que educar-nos es en su designación más clásica, una práctica en la que el pensamiento intenta superar las paradojas e incertidumbres que forman parte y son constitutivas de las realidades; es esto, precisamente, lo que busca analizar la experiencia educativa en los estudiantes: las relaciones complejas que subyacen en la conciencia y el imaginario que va a determinar formas de “conoceres y saberes”.

Esos postulados tendrán vigencia con los “modelos educativos emergentes” que estamos intentando crear en este momento histórico, que, invadió nuestra zona de confort y nos tomó de sorpresa. La realidad en cada escuela del mundo es distinta; podemos pensar en modelos educativos que respondan a las características culturales e intereses de estudiantes, poblaciones y gobiernos; no es posible pensar en esos que buscan homogeneizar, formar en ‘serie’, aprender y responder lo mismo, desconociendo las historias personales y colectivas, los intereses, las cosmovisiones y expectativas de quienes educan y de quienes serán educados.

“Educar no es transmisión de conocimientos, tampoco memorización y mucho menos replica de contenidos”; desde hace muchos años se cuestiona el aprendizaje en el aula, las explicaciones del maestro, metodologías, evaluación; el papel de la escuela y del aula”. Ese ‘espacio’ que aman unos y repudian otros; en el que se reproducen las relaciones sociales (autoridad, liderazgo, dominio, transparencia, sumisión, obediencia, apariencia, etc.); ese ‘lugar’ que determina muchas personalidades ya se transformó; trascendió las cuatro paredes, las jerarquías; hoy se considera que la “vida y el mundo son un aula”, aprendemos en todos los momentos y espacios.

El aula salió de la escuela para formar parte del mundo-de-la-vida-, en el que el maestro es un integrante activo de ese microcosmos y por supuesto el estudiante dinamizador de esa interrelación. Es labor del maestro y del sistema reconfigurar el paradigma de ambientes de aprendizaje para que se vuelvan más cotidianos en la vida de los estudiantes y sus familias y para que se sienta que el aprender es una necesidad intrínseca y espontánea. Es necesario establecer unas rutas para construir una escuela y un aula que nos acerque para que las diferencias se junten y podamos entendernos.

En este momento histórico, en el que debemos estar ‘confinados’ nuestros hogares se tornaron en aulas de clases permanentes, en las familias se gira alrededor de las tareas que el niño ‘debe’ hacer para enviar a su maestro; sin embargo, aún nos falta madurar los roles de estudiante y maestro -al primero se le exige que “haga tareas” y al segundo cumplimiento de una programación institucional”. El maestro, sigue siendo el maestro, da órdenes, sanciona, premia, estereotipa a los alumnos como buenos, regulares, inteligentes, disciplinados y este sigue en su rol de cumplidor de deberes; en esta oportunidad con laxitud porque lo hace desde su casa.

A las familias les ‘tocó’ 1.) aprender a enseñar y 2.) aprender nuevos contenidos -idioma extranjero, tecnologías-, que implican consultas y preguntas. Para unos la angustia aumenta; no tienen metodología, paciencia y táctica para enseñar, para otros en cambio es un disfrute esta vivencia; dedican más tiempo a sus hijos.

Caben más preguntas; ¿se están cumpliendo los rigores de una enseñanza situada, con mediaciones pedagógicas, espacios y tiempos de acuerdo con los estudiantes y grupos? ¿Qué estamos privilegiando, contenidos, actitudes o habilidades? No es hora de juzgar; recojamos de esta vivencia lo que podría dar lugar a propuestas y políticas educativas pertinentes. Seamos propositivos y planteemos pedagogías situadas que puedan dar soluciones a los sistemas educativos locales. En esta emergencia el reto es transformarnos y ayudar a transformar sin alterar la esencia de las culturas.

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