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A final de los años 70, comunidades de varios corregimientos de Riohacha, se asentaron mediante invasión, en el sector que luego decidieron llamar ‘Bocagrande’, ubicado para esa época en un extremo de la ciudad.

Hasta allá, llegó un campesino del Sur de Bolívar, con un acento que se diferenciaba de los locales. Con mucho ánimo levantó una casa de barro, con techo de aluminio, radicándose como uno más, entre ellos.

Al entrar al rancho, solo se observaba un catre en la única habitación que tenía, en un rincón había ropa sobre un mueble viejo y encima una grabadora, a su alrededor una pila de casetes, de varios grupos y cantantes de la música salsa.

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Al escuchar a Héctor Lavoe, era activar las energías de Teodolindo, quien hasta sin camisa, se bailaba solo en la puerta de su casa, demostrando sus cualidades de buen bailador de este género.

Pronto se integró con la comunidad, siendo muy social y servicial. A los niños les hablaba de béisbol, les decía que él, era primo del legionario Abel Leal, jugador inolvidable en la época del equipo de Colpuertos de Cartagena, las selecciones Bolívar y Colombia, donde se destacó por muchos años. 

A los jóvenes les decía: “estudien, obtengan un título, el que ustedes puedan”, que como tengan un padrino político los hace nombrar en el Gabinete Municipal de Riohacha, Departamental o hasta de Ministro”, se escuchaba en eco el ‘Nojoñe’ seguido de las risas.

El Viejo Teo, como lo llamaban los vecinos y conocidos, era un contador de historias. Una noche, con gran afluencia de público, jocosamente le decía a uno de ellos: “Oye Brayan, vete ya para la casa, como tu mamá te vea aquí, me dañas la vuelta de esta noche con ella”. Eso provocaba un mar de risas y el bullying para aquél, que él, escogiera hacerle una broma. Al final, los muchachos terminaban yéndose, dizque para no dañarle el plante al viejo Teo y seguir la mamadera de gallo con Brayan.

Con el pasar del tiempo, le preguntaban a Teo por su familia, respondiendo: “están bien”. Muchas veces llegaron a ofrecerle dinero por su rancho, siempre daba la misma respuesta: “De aquí, voy directico al cementerio”. “Aquí, dejaré enterrados mis largos huesos”. Eso era risa y a la vez, se le veía plasmada una nostalgia que nunca pudieron descifrar quienes lo conocían.

Estando en parranda con los amigos del barrio, se le soltaba el acento bolivarense y por su tono alto, lo escuchaban a gran distancia. Si alguien en parranda, por la madrugada insinuaba a otros para robar unas gallinas y preparar un sancocho, ¡ay! de que no lo escuchara Teo, porque dañaba el plan, le decían “la alarma”. Si lograban conseguir las gallinas, preparaban el sancocho, dándole a los presentes para pasar el trago.

Al día siguiente, Teo se enteraba de que, sin quererlo, participó en el sacrificio y degustación de un par de gallinas robadas, se enardeció tanto que gritaba: “Canallas, engañen para la próxima a su madre y le dan dos tazas”. Eso era risas, para los que lo escuchaban, pero a la vez, lo veían con un palillo sacado de la escoba, retirando la carne incrustada en su dentadura.

Teo no se asomaba el 24 ni 31 de diciembre, se encerraba a escuchar salsa hasta la entrada de navidad y año nuevo, le tocaban la puerta y no respondía, los vecinos sabían que él, estaba en casa, pero hizo costumbre esa tradición que terminaron por respetarle su decisión.

¡Su primer día de elecciones, que transcurrió en el barrio, uffff! se transformó, se vistió como todo un modelo sacado de revista, cambió el caminar, la chifladera de las mujeres del sector, lo hacían ver como “el gran turpial”, ese era Teodolindo Leal.

Los años transcurrieron, volviéndose cada día, avanzado en edad, por lo que, con aprecio, lo llamaban el viejo Teo, haciendo honor a su apellido, la humildad y sentido de pertenencia que tuvo con la vida, muy a pesar de siempre vivir en la escasez, nunca le faltó una sonrisa, un saludo y el deseo de servir a sus semejantes.

¡Buena esa viejo Teo!, te la echaste, así sea, cada cuatro años. 

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