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Varias lecciones han quedado bien claras a raíz del maremágnum que se desató por la impertinente escena en que un conocido  humorista y un desconocido indígena dialogan sin ruborizarse sobre el oscuro negocio de la compraventa de carne humana femenina como si estuvieran en un relajado ambiente de parranda.

En esa escena se observan a dos parroquianos desprevenidos sentados a la mesa de la cantina del pueblo, hablan de la adquisición de ejemplares del reino animal. Uno de ellos, el dueño del programa, trata de hacer sonreír a los oyentes pero lo que logra en realidad es poner en evidencia algunas de las realidades de la época y nos deja de paso, como decíamos al principio, varias lecciones entre ellas las siguientes:

  1. Por más que el mundo progrese y estemos en la era de la tecnología, nos enfrentamos a la triste realidad de que en algunos contextos la mujer sigue siendo cosificada. Queda en evidencia cuando los personajes entablan un diálogo en el que hacen referencias a características, ventajas y costos de las mujeres, tal como se hace con una cosa cuando alguien quiere venderla y otro se interesa en comprarla.
  2. Aún existen hombres que ven a las mujeres reducidas estrictamente a la condición de símbolos sexuales y como tales, deseables, comprables y desechables en una absoluta demostración de irrespeto y falta de consideración al ser que nos ha dado la vida y nos ofrece en cada mirada y en cada idea la posibilidad de mejorar la raza humana y ayudarla a transitar por los senderos de la paz y de la felicidad.
  3. Persiste en la actualidad un profundo desconocimiento de los usos y costumbres de los pueblos y de las regiones de Colombia y eso conlleva a que todo lo que sea distinto de los rancios convencionalismos sociales sea observado como lo más raro, lo más extraño, lo más absurdo y, como si fuera poco, lo más apropiado para hacer chistes equivocados, ramplones groseros cuyo efecto es despertar la rabia, el repudio y la indignación, no solo de los afectados sino de quienes trabajamos por el respeto a las diferencias y la admiración a la diversidad cultural de un país variopinto y multicolor del cual nos sentimos profundamente orgullosos.
  4. Hay una tendencia, por desgracia creciente, a genitalizar el humor y a degradarlo en el fango maloliente de la obscenidad y en las arenas movedizas de la chabacanería. Algunos humoristas, incluso alojados en apetecibles franjas de sintonía en la radio y la televisión, están convencidos que sus grotescas alusiones a las zonas pudendas son el material perfecto para divertir al público.

En ciertas ocasiones en que nos reuníamos en familia a disfrutar algún programa de humor televisado, sentí vergüenza con mi familia y cambié de inmediato el canal acosado por el repertorio subido de tono de los humoristas. Dicho mal hizo metástasis en la radio, los festivales al aire libre y hasta en los circos, en donde los inocentes payasos de otras épocas fueron reemplazados por otros cuyo repertorio también me hizo abandonar despavorido más de una función.

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  1. Existen humoristas convencidos de que la carcajada del espectador depende del bullyng contra ciertos oficios, minorías étnicas, orientaciones sexuales, condición de discapacidad y procedencia regional. No se conduele de la mamá del niño con síndrome de down al que hacen objeto de burla al llamarlo mongólico, ni del paciente de labio leporino al que llaman “boquineto” y remedan con sorna y desprecio.

En algunas ciudades se burlan de la siesta con la que algunos caribeños recuperan sus fuerzas en el paréntesis del mediodía después soportar el brutal e hirviente clima de la mañana al tiempo que promueven las pausas activas y los recreos dirigidos.

  1. Es genial cuando el sentido del humor convida no sólo a la risa sino a la carcajada, el que nos cambia el ánimo, el que nos lleva a reírnos de nosotros mismos sin humillar a nadie. Hay humor en los recuerdos de la infancia, en la colección de travesuras de los niños que dejaron de serlo y en las graciosas escenas del mundo animal. De cierta forma el sentido del humor debe llevar una carga de amor y de consideración con el prójimo.
  2. Todos hemos aprendido de la dichosa entrevista. Aprendió la sociedad sobre su obligación de respetar a quienes tienen costumbres distintas, aprendió el humorista que de seguro cambiará en lo sucesivo su repertorio, aprendieron las emisoras que serán más cuidadosas a la hora de autorizar ciertos programas y aprendimos todos que hay una gran diferencia entre el cómico que nos hace reír o cree hacerlo con el libreto de la ofensa y el humorista, al estilo de Jaime Garzón (¡cuánta falta nos hace!), que nos enseña a pensar.
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