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Desde que inició la eclosión progresiva de las redes sociales y el uso desmedido de las diferentes aplicaciones móviles que permiten interacciones en tiempo real, la tecnología ha reinventado la manera tradicional que los seres humanos teníamos para comunicarnos. Ante esta drástica notoriedad, un nuevo concepto de identidad basado en la globalización del internet (identidad digital) ha repercutido directamente en la intimidad de los mismos usuarios, quienes hacen posible esta interconexión de información. 

No obstante, esta realidad, lejos de parecer un asunto superfluo, visibiliza entre líneas un fenómeno social, que, en un futuro cercano, podría poner en jaque mate definitivamente la privacidad de todas las personas, y, de hecho, los estragos parecen más prematuros de lo que se piensa.

A lo largo de muchos años, las grandes empresas detrás de la globalización del internet, han intentado monopolizar el uso de nuestra información, y con las nuevas funcionalidades basadas en la nube, compañías como Facebook, Google Inc., Microsoft y otras startup en crecimiento de Silicon Valley o en el caso de China, WeChat y Weibo; todo apunta que la batalla campal que disputan estas empresas, decidirá quién controlará definitivamente toda nuestra vida en un futuro.

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Hace unos días, con las nuevas condiciones del WhatsApp y su política de privacidad, millones de usuarios alrededor del mundo empezaron a emigrar a otras opciones de mensajerías similares, como Telegram (Rusia) y Signal (EE UU), aludiendo al hecho de que, con los cambios recientes en la aplicación, Marck Zuckerberg, el CEO de Facebook, atentaba directamente al derecho a la privacidad que tienen los usuarios.

La Alta Comisionada de las Naciones Unidas para los Derechos Humanos, explica en su informe sobre el derecho a la privacidad en la era digital, que “toda persona tiene derecho a la protección de la ley contra cualquier injerencia arbitraria” o ante el uso de su información personal sin previa autorización.

Sin embargo, esta práctica comercial de “tercerizar nuestros datos” no es exclusiva de las redes sociales ni de los servicios de mensajería como WhatsApp, en este caso específico. Por ejemplo, Google Workspace dentro de su ecosistema de posibilidades, ofrece diversas funcionalidades que buscan una monopolización incipiente en el uso nuestros datos, aunque no lo parezca. Entre ellas, Google Local Guide, describe en qué lugares hemos estado con anterioridad, como restaurantes, atracciones, cafeterías, hoteles o hasta tiendas.

Por su parte Google Calendar, recopila información sobre todas las actividades que realizaremos a futuro. Google Fotos funciona como un álbum fotográfico que almacena todas nuestras imágenes personales y familiares. Google también identifica los contactos telefónicos y sabe exactamente nuestra ubicación geográfica gracias a Google Maps.

Además, sabe el historial de las páginas que visitamos y la frecuencia con que lo hacemos. Por si fuera poco, conoce nuestros gustos musicales y los artistas que preferimos escuchar. Todo esto, indexado y controlado mediante algoritmos matemáticos que parecieran tener vida propia. En definitiva, Google nos conoce mejor que nosotros mismos.

Recuerdo que hacia el año 99, cuando Microsoft recién estrenaba MSN Messenger, uno de los primeros servicios de mensajería de este tipo que revolucionó las comunicaciones en tiempo real, Andy y Larry Wachowski, directores de cine, guionistas y productores estadounidenses, estrenaban Matrix, filme de ciencia ficción que planteaba el futuro distópico de la humanidad como consecuencia de la Inteligencia Artificial (IA) y las máquinas.

En argumento de la película sostenía que, en un futuro, las máquinas mantenían las mentes de los seres humanos conectadas a una realidad virtual, simulando el final del siglo XX y de esa manera ejercían control total sobre las personas, cosificándolas hasta tal punto de convertir toda la raza humana en una fuente proveedora de energía.

La producción, con un planteamiento descabellado para su época, conlleva unas implicaciones filosóficas muy profundas, como el hecho de que “vivimos inmersos en una falsa realidad opresiva” o quizás ante la idea de alienación incipiente que ha construido la tecnología alrededor de las personas, pero lo más interesante del guión, es el abordaje que realiza en torno a la superioridad que podría alcanzar esta última, como consecuencia de un manejo inadecuado y de la  exagerada permisividad que los usuarios asumen ante los diferentes servicios y funcionalidades ofrecidos por estas compañías.

De resultar una profecía el argumento de la película, en estos momentos deberíamos preocuparnos más por analizar qué hay detrás de la “píldora roja” que menciona el filme y no tanto en “migrar” a otros servicios similares, buscando, quizás, esconder actividades clandestinas; a la final, a estas alturas del partido, “nuestra privacidad ni siquiera nos pertenece”.