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Manuel terminaba de vestirse, ese día como hecho curioso le dio por ponerse la camisa en tela de olán almidonada al extremo, que hace unos años le había dado como obsequio de regalo una querida tía. Era un domingo radiante, lo que hacía que el aroma del palo de níspero en el patio de la vieja casona fuera más marcado que de costumbre.

El pulcro caballero se rociaba de esa colonia tradicional que ya no encuentra tanto recibo en los jóvenes de hoy, con tono cítrico y fondos de cedro y sándalos, a voces de los niños del pueblo, era como una especie de “limoncillo” frente a las cuales el delgado hombre no daba mayor importancia, que calzándose el sombrero se encaminaba a la iglesia del pequeño corregimiento en San Juan del Cesar, ubicado en la pintoresca realidad del sur de La Guajira.

Manuel sale de su casa, son pocas cuadras para llegar hasta la iglesia, una mañana casi inédita para él, fueron varios años sin venir, y por lo sucedido en la noche anterior entre las luces amarillentas de su comunidad, en su trayecto lo inquietaba la joven con quien había conversado.

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El polvo de las calles arruinó su perfecto lustrado, algún perro casero sin pedigrí se cruzó en su camino y lo miró como si compartieran alguna idea o propósito final, Manuel lo denominó Oliver, como hubiera querido tener alguno, “Oliver, que tal la mañana” con un tono cordial le dialogó al animal.

La pequeña parroquia se ubica casi en el centro del poblado, muchas escaleras hasta su estrecha puerta, nuestro amigo en el ejercicio de evacuar escalón por escalón, se detuvo y apreció el paisaje.

La ubicación de la parroquia permitía darse cierto lujo visual, y hasta ese día Manuel experimentó el placer de su olfato, dio vuelta y vio a cierta distancia, salir un humo delgado de una de las casas cercanas, luego de divisar las palmas, el blanco de lo que debe entenderse como una preparación de un desayuno, le llegó como un aroma de ese café mañanero, que al cerrar los ojos hasta le permitió mirar la olla cubierta de hollín, pequeña, con algunos de los ganchos endebles, digna de ser una reliquia.

Retomó las escaleras y entonces antes de entrar vio a Catalina, una joven de no más de 30 años, con quien precisamente había conversado en forma amena la noche anterior, hablaron de todo, a pesar de no conocerse, pero no de los miedos, tampoco del réquiem por el amor.

Catalina levantó sus pobladas cejas y con su boca carnuda dijo “hola como vas”, él simplemente en gesto de atención, sacó su sombrero y extendió su mano para ceder el paso.

Al entrar, notó que el piso rojizo y cuarteado seguía siendo el mismo, el Cristo en el fondo en medio de un retablo, que junto con las sillas de tablas y la luz en el centro de la viga de madera que atraviesa el lugar, le hicieron pensar a Manuel en la renovación de la fe, como si ella, además de estar en los corazones, debía expandirse como el universo en ese espacio físico.

Iniciaron los actos que daban las últimas palabras a un amigo en común, la despedida rutinaria le hizo pensar en una canción de Sabina, la cual habla de cómo el ser humano en sus prisas se conduce a un mismo y único camino.

Al salir, Manuel divisó a su derecha el viejo árbol de mango con hojas secas, y con madera casi pidiendo fuego en asados, sin embargo, recordó que ese mismo árbol ha existido y acompañado el parque polvoriento y casi detenido en el tiempo, como las sillas de la parroquia.

Finalmente, acomodándose el sombrero pensó en los veranos y retornos verdosos de ese árbol en estos climas ecuatoriales, y creyó que, como el árbol, conserva el derecho de tener nuevas hojas verdes, a permitirse ser la agradable sombra de alguien, como la resistencia al común destino que Joaquín exalta en su canción.

En su bajada, Catalina lo tomó del brazo cuya mano pretendía encontrar algo en su bolsillo, y entonces Oliver se paseó frente a ellos, Manuel de inmediato dijo “no es tan cierto eso de como perros en misas, parece ser más una creencia acuñada por el tiempo que una realidad, como tu opinión de mi perfume” a lo que ella sonrió con vergüenza tratando de explicar que la vida se limita a vivir iniciando desde tus gustos, porque algún día la misa será por ellos.