Las opiniones expresadas en las columnas de opinión son responsabilidad exclusiva de los autores y no representan necesariamente la posición oficial de laguajirahoy. Escríbale al autor a [email protected].


-Publicidad-
-Publicidad-

A propósito de una actividad desarrollada en la asignatura Didácticas de los Procesos de Lectura y Escritura, que dicta la docente Jennifer Iguarán Pimienta en la universidad de La Guajira, al grupo de quinto semestre de Licenciatura en Etnoeducación e Interculturalidad, en el debate originado a partir de las experiencias particulares, logramos construir un paralelo entre los métodos de enseñanza tradicionales y aquellas nuevas metodologías que han surgido a través de los años. Es decir, como se aprendía antes y como se aprende ahora.

Y aunque la línea fronteriza es ínfima, por no especificar ambigüedad, podríamos decir que ni antes se enseñaba ‘poco’ ni ahora se enseña ‘mucho’. Básicamente, la complejidad sigue siendo la misma en cuanto a la manera como se adquiere el conocimiento, pero de ninguna forma, una es menos valiosa que otra.

-Publicidad-

No existe una teoría universal y de hecho resulta escabroso imaginar que todos tuviésemos las mismas virtudes para aterrizar y/o interiorizar el conocimiento. Desde mi punto de vista, ninguna escuela (nueva y tradicional) es mala, regular o absoluta; al contrario, ambos enfoques coadyuvan simultáneamente en el proceso de formación escolar. 

El enorme uso de las prácticas de enseñanzas actuales ha derivado en progresos significativos dentro de las aulas escolares y hago hincapié en ese aspecto, porque el resultado es evidente. Basta con explicarle a un niño el ‘cómo’ y tendríamos un resultado contundente: los niños tienen un nuevo chip, una habilidad natural para comprender más rápido las cosas. Mi hijo de nueve años, por ejemplo, maneja a la perfección conceptos y temáticas que podrían resultar un dolor de cabeza para los primeros niveles de inglés en la Universidad. ¿Pero en qué radica esta notoriedad? ¿Se aprende más ahora o antes?

Hace poco, tuve la oportunidad de asesorar a un grupo de alumnos de bachillerato previo a un concurso de ortografía organizado por JCI Wayma y vaya sorpresa me llevé. Mientras interactuamos en toda la capacitación, noté niños sumamente intelectuales, capaces de construir debates y darles forma a argumentos de manera objetiva. Es como si hubiesen estado preparados de memoria para ese momento ¿ilógico cierto?

El término de escuela nueva, precisamente se refiere a eso, la capacidad de afrontar desafíos cognitivos basados en la diversidad del carácter. En ese sentido, la improvisación también es fundamental. Los niños ahora poseen más libertad y depende el método de aprendizaje, suelen demostrar poco o más adaptabilidad en el contexto escolar. No son diferentes a la nuestra generación, pero si poseen algunas cualidades mejor desarrolladas.

Sin embargo, jamás cuestionaría la escuela tradicional. En parte porque, mal o bien, somos resultado de aquella hermosa generación que aprendió a punta de regla las tablas de multiplicar o aprendió de memoria miles de palabras para una exposición. Entonces, no fue tan malo, supongo. Aprendimos a leer en tiempos de lectura con la voz alta y a sumar con piedritas que extraíamos del patio. Una historia que conmueve, sin duda alguna.

Un día, justo en los exámenes finales de año escolar, en el grado tercero, para la evaluación de ciencias naturales tuve que aprender un cuestionario de doscientas preguntas con sus respectivas respuestas. Afortunadamente, logré la hazaña y salí bien librado de aquella hecatombe, pero el sin sabor de aquel evento antipedagógico, persiguió todos mis años posteriores, hasta poco antes de la universidad.

Precisamente ese día, antes de llegar a mi casa, con una hoja impecable en los bolsillos, tatuada con una E más grande que todos los astros de mi cerebro, tropecé con un rebaño de burros que no se dirigían a ningún lugar en concreto y pensé: “Definitivamente estamos en la época de los burros”.

Cuando recuerdo a esos animales, se me viene a la mente el día que aprendí de memoria tantas preguntas, que al final de cuentas nunca sirvieron para nada.