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¿Has visto las estrellas en un cielo despejado?, preguntó Leandro a la niña de primaria que lo acompañaba en la tarde de un recreo bastante soleado, algo quieto según la normalidad que siempre se mostraba agitada, ella dijo no, “mis papás dicen que solo el tiempo y las noches te hacen ver las estrellas”.

De esa forma una mujer creyó se entienden los misterios de la vida por encima de los metros que el ser humano había imaginado sobre su cabeza, de un cielo tan inmenso que entendió la plenitud de las estrellas cuando en un paseo al norte de La Guajira en la soledad, en la aparente soledad de una noche vio miles de ellas, las mismas que un día un hombre le iba a recordar cuando sobre una mesa le diera “las cartas” de su nueva vida.

Años más tarde, la niña se vio en un mar, ya más adulta, con cabello lacio y largo, modulado al viento y que se acomodaba entre sus dedos cada segundo, parecía un ademán inevitable como quien pretende peinar el destino cada cuanto puede. La arena suave y las palmeras extrañamente frondosas exponían una sombra lo suficientemente amplia para que en una estancia de contemplación pudiera  admirar el paisaje.

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Resulta difícil pensar que la percepción de las cosas incluso sobre una realidad que creemos absoluta, puede ante la verdad del universo recordar nuestra simplicidad y de que los hechos que entendemos como ciertos son mentiras.

Por ejemplo, que los guardianes de la moral no cumplan con la expectativa del libertador, o como que uno de los actos más sensibles y puros a los ojos del ser humano como el amanecer y el ocaso sea mentira, en tanto el horizonte ya lo absorbió.

La niña mujer sin embargo piensa que amén de esa realidad distorsionada, la presencia del sol se mantiene sobre el horizonte, porque el astro rey se manifiesta a la textura de los sentidos, y no a la verdad del físico universo.

En esa playa mirando el sol y la línea que parece atraparlo, entendiendo que el niño del recreo no era en realidad un amigo que le hacía preguntas por el cielo ante sus ojos, comprendió que en la realidad de su vida se convirtió en el hombre que daría plenitud a su corazón, antes de la vida e incluso después, mucho tiempo después de ella.

Recordó esa noche oscura en el Cabo de la Vela, en donde solo bastaba con mirar el cielo estrellado para comprender que quizás la oscuridad es el mejor escenario para entender la majestuosidad de las luces en ese techo, sobre todo cuando años más tarde alguien precisó en su rostro tres puntos ordenadamente puestos para reconocer el recorrido de una figura, quizás Andrómeda.

Ese día la brisa era como un elemento que se complementaba con el vestido holgado, sencillo pero que traía la primavera a ese lugar, así que sin quererlo el cuadro daba cuenta de una instante único, estrellas en el rostro, un sol que sobre el horizonte recordaba una verdad a los sentidos, pero una mentira para los científicos, un cabello coqueto con la brisa, y flores en las telas de su ropa, sin olvidar la arena en sus pies que le daban una sensación de libertad.

Todo eso y su idea sobre la vida, sin haber leído a ningún existencialista, su mirada llevaba a su mente la filosofía de disfrutar del espacio y el tiempo, porque tarde o temprano la historia acabara, pero a pesar de lo que escribió Pavese, ella cree que si podía decidir cómo debería terminar.

Una mano pequeña tomo la suya, suave y delicada, era el niño del recreo pero ahora real, más que nunca, más que el sol sobre el horizonte, alguien que siempre había estado, y que siempre iba a estar, ellos dos juntos por las estrellas de su rostro. Ella se inclinó hacia él y lo levantó, y ahí estaban dos seres humanos que se conocían desde antes y que juntos miraban el horizonte que habían decidido buscar.