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Probablemente el papel de los recuerdos a la vida es el mismo que el de los olores y sabores a los sentidos, el despertar de las emociones; como un tatuaje que en la piel te mantiene ligado a una idea que nunca saldrá de tu mente, una forma silenciosa de expresarlo al mundo.

Las emociones como puntos de experiencia individuales que determinan cambios en el pensamiento o la conducta de un ser humano por la interacción en sociedad, pueden generar a partir de los recuerdos posturas en un día gris o soleado depende de la evocación, aquí un ejemplo.

Héctor despertaba un poco tarde y a sus 12 años creía que la fiebre de la noche anterior le hacían ver los barrotes de madera que servían de apoyo a las láminas del techo como extensos trenes que llevaban princesas y monstruos a la vez, las temperaturas propias de las tierras cálidas le obligaban a levantarse, ya solo con el rezago de unos días de malestar. Como un acto autómata, su recorrido arrastrando un poco la sábana vieja y transparente, lo llevó hasta la cocina.

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Al salir del cuarto la luz del patio le daba una sensación temporal de ser casi medio día, el ruido de la olla a presión lo confirmaban, el olor le advertía que ese día serian como la mayoría de días sopa de huesos, y entre los picados pudo advertir que se tendrían mazorcas.

Al llegar a la cocina ella apareció, su rostro con ciertos matices de indígenas, la nariz un poco aguileña, más por el paso de los años y el costo del sufrimiento, sin embargo a Héctor le parecía particularmente bonita, el cabello negro y la sonrisa diciente, le dijeron “hola mi rey cómo estás, quieres comer algo” no sabía Héctor que la aparente simplicidad de ese momento le iban a llevar a recordarlo siempre. Lo tomó del hombro y lo llevó a un lugar fresco del pequeño patio, la mujer trajo consigo un plato con dos patacones y unos huevos con tomate y cebolla, además un poco de café con leche, estaba algo tibio que se podía beber con pausa.

Héctor se sintió como ella le había llamado, un rey, no fueron galletas de soda con café para ese día, esa mañana se pudieron dar un lujo culinario, o por lo menos para él fue así. Sentía el sabor del ajo en los patacones, los huevos estaban tiernos y al tacto con la boca disfrutó incluso la cebolla que para ese tiempo no le gustaba tanto.

Mientras comía la veía a pocos pasos lavando alguna ropa, algo mojada y descalza de cuando en cuando lo miraba con esos ojos negros llenos de puro cariño, ella era la representación humana de lo que es el sacrificio por otro ser en actos de puro amor, se acercó a él y tomó el plato, diciendo “te gustó, te estoy haciendo una sopa deliciosa”, fue una mañana perfecta para Héctor, a solas con la mujer de su vida.

Años más tarde esa mujer se montaba en un tren y Héctor solo podía despedirla, un tren oscuro pero inevitable, de ventanas en maderas y vagones rústicos; la estación estaba fría y medio solitaria, la mujer llevaba una blusa fresca de flores moradas, una falda blanca y extensa hasta poco antes del tobillo, el cabello lo tenía suelto y aún la nariz a Héctor le parecía perfecta, lo abrazó como nunca nadie lo podía volver hacer y subió, se asomó por una de las ventanas y con los mismos ojos de ese día en el patio, le dijo chao mi rey.

El maquinista los veía de lejos, un tipo alto y delgado, vestido impecablemente de blanco y zapatos negros bien lustrados, subió luego de verlos despedirse y activó las calderas, en el inicio del recorrido el tren despedía humo como en la canción de Silvio recordando el mes de abril, y como a Sabina alguien lo había robado.

Años más tarde en un camino largo y con cierto aire desértico rumbo a Manaure en La Guajira, al ver el tren de la mina le recordó a la mujer, como todos los días algo lo hacía, pero en ese día, recordó la madera del techo, los patacones con toques de ajo, y los ojos de ella, los cuales trató perniciosamente de buscar en otras de pelo negro, y entendió por Nietzsche que eran únicos, emocionalmente únicos hasta que el tren quiera volver para concluir el abrazo.