Ese fue el contundente mensaje que el
Gobernador Juan Francisco Gómez Cerchar, le envió a sus contradictores
soterrados y los adversarios políticos
abiertos, en sus primeras respuestas a la publicación de la revista Semana. 
“No tengo  nada que ver con esos hechos, es más de lo
mismo. Esto es un refrito de la campaña”, todos ellos fueron analizados y
revisados durante el periodo  electoral
2011.
“El gobernador de La Guajira, desea
gobernar para todos y en especial para los pobres, no más trabas, ya son suficientes
las que tenemos que resolver desde el
interior del gobierno, en el escenario administrativo que mantiene el país, en
especial, con el de las regalías”.
Los ciudadanos y funcionarios públicos,
entre ellos los que trabajamos para la institucionalidad departamental nos
preguntamos ¿la  publicación corresponde
a la continuidad de una estrategia centrada en el gobernador para impactar su
gestión administrativa e institucionalidad territorial?, ¿corresponde a una
lógica perversa o a una alternativa a la cual se recurre para impactarlo
políticamente cuando se avecinan las elecciones nacionales?, ¿será un cuento
mas, una historia “western”  que  la sociedad política  y administrativa del  centro del país le arma a una de sus
provincias, como lo es La Guajira? 
Son muchas las preguntas  que  se
pueden  hacer  y son 
pocas con  acertadas respuestas.
En la reflexión el analista tiene que ser holístico. Todo esto se genera en un
escenario determinado por el  fallo  favorable 
que el Consejo de Estado expidió en torno de la legitimación de las
elecciones en el 2011 en el departamento de La Guajira. 
En el mejor momento
administrativo, en donde desde adentro veíamos las autopistas administrativas
abiertas y expeditas para ensanchar la gestión del gobierno regional,
nuevamente le toca convulsionar al actual gobernador y con ello al esquipo que
lo acompaña en las tereas administrativas. Se tiraron la cosecha.
En el análisis tampoco  se 
puede descartar lo señalado por el historiador René De la Pedraja,
quien   destaca que  a finales del siglo XIX dos regiones de
Colombia: Panamá y La Guajira, presentaban tensiones frente al gobierno
Central. 
En tanto que la primera optó por la separación, la segunda optó por la
clandestinidad de sus relaciones comerciales con el Caribe, percibido éste como
un espacio de límites flotantes entre islas y continentes, entre Estados
independientes y sociedades incluidas. 
La Guajira permaneció mucho tiempo por
fuera del modelo de desarrollo económico nacional y la nación aún está en deuda,
ya que no sabe como valorarnos y entendernos como pueblo colombianizado.
Nuestra condición de frontera habitada por
pueblos indígenas que no fueron sometidos con facilidad, el intercambio
histórico de mercancías con el Caribe por fuera de la regulación y tipificado
como contrabando (perlas, palo brasil, sal, dividivi, azúcar y café), la
producción y  “exportación” de marihuana
durante las década de los setenta y la primera mitad de los  ochenta, son para el centro los episodios que
la exhiben como el “revés de la nación”, o como 
afirma   el editorial de El
Espectador,  la “cloaca de Colombia”. 
Algo parecido  expresó Juan Manuel Galán
P., en  la revista Gobierno, “Colombia no
puede tener repúblicas mafiosas independientes en donde mande el crimen y la corrupción”.
Históricamente, para la nación colombiana,
La Guajira ha sido uno de esos espacios de los que nos habla  la profesora Margarita Serje (2005) haciendo
alusión a otras geografías políticas, las cuales son consideradas espacios de
proyección y de mitificación definidos como “…lugares que seducen y disparan la
imaginación por el hecho de que la densidad de su representación los muestra
como una inversión del orden social del que hacen parte”. 
Son especies de
“contralugares” y por ello mismo  se convierten
en la pesadilla del centro de la nación que se ha impuesto por la persistente e
infructuosa tarea de incorporarnos 
prontamente a una concepción unidimensional de modernidad y
colombianidad. 
Escribió Cesar Arismendy  Morales