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Durante toda la cuarentena el personaje de esta historia protegió su cuerpo de cualquier exceso que pudiese acelerar el contagio. Adquirió cientos de tapabocas a precios elevados porque según el farmaceuta, a diferencias de los otros, los que se comercializaban en su droguería fueron fabricados de mejor calidad; guantes de nitrilo que cambiaban de color con los diversos estados de ánimo y muchos litros de alcohol antiséptico para lavarse las manos y la conciencia.

Incluso, redujo las visitas dominicales a sus familiares remotos en otros barrios de Riohacha y solía producir ruidos inconcebibles para ahuyentar a los extraños imprevistos que por algún motivo llegaban a su puerta ofreciendo cargadores de celulares, revisticas atalayas y líquidos adulterados para los pisos.

Finalmente, privó al cuerpo de las bondades del amor y procuró evitar los besos ocasionales de su esposa, con el fin de prolongar un poco más la salud en medio del apocalipsis. Sin embargo, el día sin IVA, madrugó más de lo habitual y fue unos de los primeros clientes que aparecieron a las afueras del centro comercial con el fin de aprovechar alguna oferta seductora; echando a la basura, a su vez, todo el protocolo absurdo y riguroso de los meses anteriores.

Esperó varias horas en la fila, elaborando necesidades imaginarias y pretextos convincentes para sí mismo. Pensó renovar la nevera porque no había aprendido a hablar inglés en todo el tiempo que llevaba de uso o cambiar la cama porque nunca logró tender las sabanas por sí sola. De esa manera, el tiempo transcurría y el azote del clima se hizo más placentero.

A las nueve de la mañana, el sol irrumpió en los vidrios y las vestimentas empezaron el ahogo del alma. Justo ese día las etiquetas en los electrodomésticos tenían precios más elevados a los de costumbre: la ropa con oferta pague dos y lleve tres, irrisoriamente con el valor de la sumatoria de dos unidades en época normal y los computadores reciclables exhibidos a precios exagerados.

Los zapatos con los códigos de barras alterados y robots más amigables reemplazando a los empleados soberbios que atienden en las cajas de pago. La función teatral estaba montada y lista para dar inicio. Junto con otras personas se construyeron diálogos imprevistos en la espera.

Las facturas de energía sin pagar, los niños wayuu muriéndose de hambre en el desierto por la corrupción local, el alcalde forastero que trabaja de verdad por el bienestar de Maicao y otros temas triviales como la especulación nacional sobre el retorno a las clases presenciales, las funciones ocultas en las aplicaciones de mensajería y los hombres con barriga de plastilina que no hacen ejercicio y con los años terminan sufriendo la muerte repentina del miembro viril.

En el furor de aquellas frivolidades humanas, los tapabocas fastidiaban en el rostro y los guantes apretaban la piel. Asumiendo que el virus visitaba otros rincones del universo, esa mañana la rutina acostumbrada volvió a la normalidad: apretones de manos con los amigos confinados al encierro que llevaban tiempo sin verse, abrazos desinfectados de nostalgia y frases pronunciadas desde distancias cortas contagiadas de calidez humana.

Después de resolver la compra, cuyo desarrollo se prolongó ocho horas y quince minutos, prohibió a su memoria tener relevancia sobre ese recuerdo y cuando llegó a la casa, nuevamente reactivó el protocolo de cuarentena. Nada de visitas, el uso permanente del tapabocas y salir al exterior cuando fuese realmente necesario.

Por sí mismo, se las arregló para el montaje del nuevo Smart TV y con ayuda del sobrino logró configurar las nuevas aplicaciones. Ese puente festivo permaneció frente a la enorme pantalla repasando las escenas repetidas de Terminator, Jumanji y la saga de Retroceder Nunca Rendirse Jamás; las mismas que había repetido miles de veces en el otro televisor antiguo.

En la noche del lunes, mientras sentía diluirse por el retrete, advirtió con angustia que tenía la barriga dura como la plastilina y pensó repentinamente que un poco de ejercicio no le caería mal.

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