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Desde que tengo uso de razón, la calle primera de Riohacha ha sido una de las vitrinas más pródigas para el comercio de las artesanías wayuu en todo el departamento de La Guajira y esta singularidad, se debe, sobre todo, al caudal de foráneos que visitan aquella avenida centenaria con el ánimo de iniciar su itinerario turístico desde el mismo centro de la ciudad, porque realmente, Riohacha, en este sentido carece de muy pocos aspectos para ofrecer.

Organizadas en pelotón con una geometría admirable, una al lado de otra, decenas de mujeres wayuu, resisten a pleno sol las vicisitudes del tiempo y el olvido del estado, en un incansable afán de subsistir y preservar, un oficio que dista más allá de cualquier arte rupestre o de algún tipo de negocio multinacional diseñado para llenarse los bolsillos.

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Cada invención perfectamente concebida, idealiza el encanto de una cosmovisión única e inquebrantable, cultivada entre puntadas férreas y siglos de tradición, y en los miles de conocimientos ancestrales que parecen huir de las enciclopedias y los libros de historia.

Sin embargo, aquel ilusorio panorama, revestido de colores cálidos y tejidos incomprensibles, vislumbra una tenacidad que prostituye la verdadera esencia del oficio y por supuesto, su valor. Los rumores que rodean la devaluación de aquel arte magistral y los precios irrisorios en los que se comercializan sin mesura y sin control, incluso, no determinan en lo más mínimo la punta de iceberg. Lo peor, es que todos, los directa e indirectamente afectados se hacen de la vista gorda.

La fabricación de una mochila wayuu requiere de un trabajo excepcional que conlleva días, no es una artesanía tecnificada o el resultado de un truco de magia, como sucede con otras clases de prendas y productos nacionales que todos conocemos. Familias enteras están inmersas en esta cadena de producción, que inicia desde el mismo momento que se adquieren los hilos, sea cual sea el canal de abastecimiento y termina cuando el cliente brinda valor al esfuerzo mancomunado de muchos wayuu, pagando un precio justo por la creación.

A pesar de esta realidad, existe una enajenación oculta en el comercio de las artesanías y la venta de las mochilas, pues individuos externos a la cultura se están lucrando descaradamente, imprimiendo el mínimo esfuerzo sobre el máximo esfuerzo de otros. Es así, como grandes marcas a nivel nacional e internacional, entretejen tras bastidores, una interculturalidad funcional para un beneficio netamente económico. Con seguridad, ellos sí se están llenando los bolsillos.

La inquietud que debería espantarnos el adormecimiento insta, entonces, no solo desde los involucrados afectados en la cadena de producción de la artesanías, ni lo mal pago de las creaciones diseñadas con rigor y dedicación, sino más allá, desde la academia, pues hoy día son muchos los estudiantes wayuu que ingresan a la educación superior, pasando sin pena ni gloria por las diferentes facultades, pues no ofrecen propuestas contundentes para aliviar esta y otras problemáticas de sus comunidades y mucho menos, reflexionan sobre la situación. ¿Será que a algunos wayuu no les duelen los wayuu? o ¿Será que de aquella casta legendaria de héroes a caballos y escopetas que se enfrentaron con los españoles por la libertad de su territorio, no se ha heredado ni una gota de sangre en las venas? ¿Dónde quedó el coraje? La verdad, no sé cómo hacen para dormir.

Desde mi perspectiva alijuna, el arte de tejer mochilas es una tradición excepcional y de un valor ancestral incalculable. Ahora que estudiamos a fondo la cosmovisión de varios pueblos indígenas, entre ellos los Wayuu, en la asignatura Didáctica en Contexto con la docente Yolanda Parra, advierto una precisión infinita de realidades y cada día siento más orgullo por la tierra que me parió.